Diarios de viaje contados desde la silla de un cibercafé en algún lugar del planeta
viernes, 13 de septiembre de 2013
Un viaje a Nepal: 1 La caótica Katmandú
Dos niños se bañaban en el río. Reían y bromeaban entre ellos. Sus espaldas mojadas brillaban reflejando el sol del mediodía. No tendría nada de extraño si no fuera por lo que realmente me fijé que estaban haciendo. Hundían sus manos en el lodo y rebuscaban algo, después de un rato veo que consiguen sacar unas cuantas monedas y otro chico más afortunado consigue sacar un collar y un relicario. El fondo del rio está lleno de estos pequeños tesoros.
Estoy en Pashupatinah, el principal templo hinduista de Nepal, a orillas del río Bagmati y lugar donde los nepalíes más pudientes incineran a sus familiares fallecidos. Al igual que cuando estuve en Benarés, en la India, el lugar me sobrecoge profundamente. Los occidentales no estamos acostumbrados a tratar con la muerte tan cara a cara como lo hacen los hinduistas. Por supuesto que los rostros son de pena y aunque no veo lágrimas siento el dolor del que ha perdido a un ser querido. Pero ellos lo toman con resignación, creen en la reencarnación, en el karma y en el nirvana y eso parece ayudarles a aceptar un poco mejor la pérdida que tienen que soportar.
En la orilla del río se levantan las plataformas sobre las que arden varias piras funerarias. Los pies sin quemar de un señor sobresalen de una de las piras, la paja que cubre el resto del cuerpo ha tomado la forma del cuerpo y la cabeza del difunto. La familia espera a la sombra las tres horas que tardará el cuerpo en quedar reducido a cenizas y luego serán lanzadas al río donde los niños y algunos no tan niños rebuscarán para encontrar anillos, dientes de oro, collares y monedas que la gente arroja al río como plegaria. Es como un ecosistema humano. Donde unos se despiden para siempre de un ser querido otros encuentran una oportunidad para sobrevivir el día a día. Son muchos los que se ganan aquí la vida, desde el que trae la leña para las incineraciones hasta los vendedores de figuritas de dioses hindúes en los puestos que flanquean el camino hasta aquí. Luego están los sadhus o santones, que ahora viven de las propinas que se sacan posando para las fotos tanto de los turistas como de los nacionales que quieren posar con ellos. Con sus túnicas anaranjadas, sus cuerpos pintados de blanco grisáceo o ceniciento, sus rastas y sus frentes adornadas con los polvos de tika y los símbolos de Shiva o de Visnu.
El ambiente es impresionante. Podría parecernos algo dantesco pero aquí es algo tan normal que en cuanto uno lleva aquí diez minutos lo acepta tal cual es, sin hacer más preguntas, aunque contagiado por la pena y el ambiente del lugar no puedo dejar de acordarme del día en que me tocó a mi enterrar a mis padres y empiezo a sentir bastante dolor, las cicatrices se ablandan y un torrente de emociones se empieza a apoderar de mi. Siento una sincera compasión por ese joven que está incinerando a su madre, y por ese señor que ha tenido que encender la hoguera con la que se despedirá para siempre de su hermano. Sé lo que están sintiendo. Ellos parecen darse cuenta de que no lo estoy pasando nada bien y me consuelan con su frase "así es la vida"
No te quedas indiferente en este lugar, no puedes por menos que preguntarte para qué estamos aquí, tantos millones de personas en este planeta, tantas vivencias, tantas formas de entender la vida y la muerte y al final todos nos vamos, pero ninguno sabemos cuándo ni a dónde, ni cuál ha sido el motivo de nuestra existencia.
Un extraño lugar dentro de la extraña Katmandú.
Porque realmente es una ciudad extraña. Sus estrechas calles y plazuelas bulliciosas de vida, un sinfín de gente recorriéndolas, el caótico y peligroso tráfico. Sus calles sin pavimentar, llenas de agujeros que tienen que ser sorteados por un ejército de motos y de coches, de ricksaws y bicicletas, que se te echan encima, pues aparte de la estrechez además las calles no tienen aceras por lo que todos, vehículos y peatones tenemos que compartir el mismo espacio. Un auténtico caos. El barrio antiguo, el Thamel, donde nos alojamos prácticamente la mayoría de turistas está abarrotado de tiendas creando un paisaje confuso, de difícil orientación pues prácticamente todas las calles son iguales. Cientos de tiendas de artículos de montaña se dispersan por estas calles. Inundándolo todo con las buenas y falsas imitaciones de cazadoras, mochilas, ropa de trekking, botas y demás artículos de marcas North Face o Mammut. No olvidemos que estamos en el país de los Himalayas, aquí viene muchísima gente a hacer montaña o senderismo y hay todo un mercado dedicado a ellos. Además de innumerables tiendas de artesanías, ropa de lana y demás parafernalias pseudo hippies.
La principal atracción turística es Durbar Square, que son tres plazas repletas hasta más no poder de templos y palacetes medievales, vestigios del antiguo reino de Katmandú. Las estrechas calles te conducen por este paisaje del pasado y los aleros de los templos ahora son cobijo de vendedores de frutas, de yogur y de pastelillos. Esto sería inconcebible en otros países, pues estos templos están declarados Patrimonio de la Humanidad. Pero eso no es problema para ellos, montan sus tenderetes en estos monumentos y después los desmontan al caer la noche. El colorido de los saris colgando de balcones de madera tallados con intrincados dibujos geométricos y figuras del kamasutra no deja de ser algo de lo más curioso. Lo peor es la legión de insistentes vendedores de collares, bolsitos y flautas que no dejan de acosarte durante el recorrido, pero con un poco de firmeza te los quitas de encima.
Una de las curiosidades que tienen aquí es la figura de la Kumari, que no es más que una niña a la que ellos han elevado a la categoría de diosa viviente, la encarnación de la diosa Durga. Se elige cuando tiene 4 años entre todas las candidatas que se presentan y si cumple con 32 requisitos físicos que van desde el tono de voz, la forma de los dientes y el color de los ojos, pasa la primera selección.
Luego las candidatas pasan a una habitación llena de cabezas de búfalo y donde unos hombres con máscaras monstruosas danzan a su alrededor. Una auténtica diosa no debería tener miedo de esto y de las que pasan la prueba sólo una será capaz de reconocer y escoger la ropa de su antecesora, en un ritual parecido al que se utiliza para elegir al dalai lama de los budistas.
Una vez elegida se traslada junto con su familia a la Kumari Bahal, una especie de palacete del que no saldrá nada más que unas pocas veces al año, y al final de su reinado, cuando con la pubertad tenga su primera menstruación y vuelva a ser una siemple mortal. Entonces tendrán que elegir a una nueva Kumari, le darán una buena dote y volverá a tener una vida normal, aunque quizás no sea así puesto que dicen que nadie quiere casarse con ella pues trae mala suerte. Yo pude verla un par de minutos que se asomó a un balcón interior y sólo pude ver a una sencilla y triste niña encerrada en un palacio.
Al día siguiente fuimos a ver las dos grandes estupas budistas de esta ciudad, las que en las agujas que rematan sus cúpulas tienen dibujado los famosos ojos de buda, esos que todo lo ven y todo lo saben.
La verdad es que son impresionantes, sus grandes cúpulas blancas están rodeadas de molinillos de oración que los fieles hacen girar mientras rodean la estupa en el sentido de las agujas del reloj. Las banderas de colorines que parten desde la aguja hasta la base están escritas con oraciones y mantras budistas que son esparcidos por el viento hacia los cuatro puntos cardinales. Inmensos molinillos de oraciones son girados por monjes y por los devotos que quieren agarrarse a la rueda que los mueve, mientras un mecanismo hace sonar una campanilla a cada vuelta creando un ambiente un poco hipnótico.
Miro los ojos del buda allá en lo alto de la estupa, el viento mueve los velos que lo rodean como si fuera su pelo, las banderas de oración ondean al viento sobre el cielo azul y de repente veo que el conjunto parece tomar vida, los enormes ojos se clavan en los míos y parece como si me estuvieran leyendo, el movimiento de banderas y telas crea una extraña sensación, como si fuera una enorme criatura que moviera lentamente sus tentáculos como un pulpo. El efecto es poderoso y me imagino a los fieles de tiempos inmemoriales, los de antes de que se inventara la tele, viendo a su dios en semejante tamaño y con este movimiento. Una prueba irrufrutable de la divinidad del lugar.
Por lo demás el sitio es de lo más curioso, pues esta estupa, la de Bodhnath, es el hogar de cientos de refugiados tibetanos que huyeron de su país cuando fue invadido por China. Y hasta aquí han traido sus costumbres, su ropaje y su comida. Los puestecillos venden desde todos los artilugios del budismo tibetano hasta la mantequilla de yak o el tsampa, una especie de harina de cebada tostada con la que hacen una insípida pasta. Estoy dentro de un pequeño Tibet en la extraña ciudad de Katmandú, donde tantos músicos y hippies encontraron la inspiración.
viernes, 30 de noviembre de 2012
Objetivo Birmania 7 : Vuelven las grullas
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| Junto a una de las orejas del gran Buda |
Había un par de nuevos y enormes ojos en el interior de su cabeza, esperando a ser colocados. Eran los ojos más grandes que había visto nunca y a su lado me sentía diminuto. Tenía la cabeza hueca, al igual que el resto del cuerpo y ahora yo estaba allí dentro recorriéndolo. Estaba dentro del buda gigante de Mawlamyine, una tremenda figura de un buda tumbado de nada más y nada menos que 176 metros de longitud, grande como una montaña. Estaba cansado ya de ver tanto buda y tanta pagoda, pero este era distinto, era algo especial y curioso, una cosa digna de ver.
Apenas sales al desvío, que junto a la carretera hay un curioso monumento, una fila de estatuas de monjes budistas te acompaña durante todo el camino. Hay cientos, mejor dicho, miles de ellos, de unos 3 metros de altura, con su túnica y su característica cacerola negra con la que todas las mañanas salen en fila a pedir limosnas y comida. Luego cuando crees que la fila de estatuas termina, pasas con la moto por debajo de una de las típicas puertas-puente que suelen conducir a los sitios sagrados y ves que en realidad la fila de estatuas de monjes continúa por encima de esta puerta y sigue por el bosque de la derecha, perdiéndose a lo lejos. Es tremendo, supongo que todo el recinto está rodeado por esta fila de estatuas, miles y miles de ellas. Y esto te hace volver a preguntarte quién paga todo esto...Luego aparece el gran buda, inmenso, colosal, recostado sobre la ladera de una montaña, rodeado de selva por todas partes. Cuando te vas acercando te das cuenta de que todavía es más grande de lo que parecía en un principio y la gente que anda a su lado parecen hormiguitas. Menuda obra faraónica. Y cuando me aproximo a verlo más de cerca es cuando me doy cuenta de que está hueco y puedes entrar en su interior y ahí es cuando todavía me asombro mucho más, pues el interior está lleno de salas y pasadizos que te van conduciendo a lo largo y alto de la enorme figura.
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| Los Nats, los ángeles o espíritus guardianes birmanos |
Por eso mientras me voy internando por el laberinto de pasillos y de salas me voy sorprendiéndo cada vez más y más con las dimensiones de la figura y de todo lo que contiene en su interior. Hay escenas de gran realismo y además puedo ver que está inacabado y que cuando terminen de decorar su interior va a ser aún más espectacular.
Vagabundeo por los pasillos, subo y bajo escaleras que me van llevando a nuevas zonas aún sin terminar.
Puedo contar cinco pisos de altura en su interior por los que me he ido moviendo pero no estoy seguro de que no haya más pues mi recorrido ha sido un poco anárquico y hay zonas con más altura, como los hombros y caderas y otras con menos, como la zona de las pantorrillas.
Muchas salas están en penumbra y las estatuas de yeso blanco aún sin colorear tienen un aire muy siniestro. Estoy solo, perdido en alguna zona del interior del buda, en penumbras y rodeado de estatuas de aire amenazador... realmente da un poco de miedo estar aquí.
Una vez en el exterior veo que al otro lado del río, en la montaña de enfrente, han empezado a construir otro buda gigante con las mismas dimensiones. La estructura de hormigón empieza a tener la forma de otro buda recostado, simétrico al que me encuentro. Cuando esté terminado la imagen será impresionante, se convertirá en un lugar turístico de primer orden, de lo más visitado del país.
Pero de momento apenas hay algunos paisanos y los turistas nos dejamos caer con cuentagotas por aquí. Es todo un descubrimiento de lugar. Cuando se lo cuento a mis amigos suizos con los que me voy encontrando ultimamente se arrepienten de no haber visitado este lugar y haber pasado el día viendo otras cosas menos espectaculares.
Disfruto el resto del día paseando por los tranquilos rincones de la ciudad colonial. Recuerdo que cuando llegué a Mawlamyine me pareció que todo estaba un poco lejano y que tenía una configuración extraña. Ahora me parece una ciudad deliciosa, llena de sorpresas y con un aire melancólico. Se está muy a gusto aquí, me quedaría unos cuantos días más y me dedicaría a vagabundear por los alrededores, aun no me he ido y ya siento nostalgia... Pero no puede ser, en dos días tengo que salir del país y volver a Tailandia a coger mi vuelo de regreso a España, o sea que tengo que volver a Yangón a buscar mi vuelo de conexión.
La vuelta a Yangón me saca del aire de paz y tranquilidad que llevaba respirando durante los últimos días. Vuelvo a la gran ciudad y me encuentro a mí mismo sorprendido ante la intensidad y la vida que rebosa . La cojo con más ganas que cuando llegué aquí al principio del viaje y me voy a explorar zonas desconocidas. Ahí me encuentro con el lujo, con zonas residenciales de alto standing, el distrito de las embajadas, de los hoteles 5 estrellas, discotecas y bares de diseño. Un lujo que no había visto la otra vez que estuve en la ciudad y que contrasta enormemente con la miseria que se extiende por otras zonas de la ciudad donde la gente vive y duerme en las calles, sin apenas posesiones y creando su hogar bajo un toldo o junto a un muro donde cuelgan sus exiguas pertenencias. Pero incluso entre los sin techo hay categorías y hay unos niños viendo una película en un dvd portátil conectado con unas pinzas a una batería de coche. Aquí reparto los últimos bolígrafos y lapiceros de colores entre los niños. Es increíble la cara de alegría que se les pone por unos pocos lapiceros. En España los niños tienen absolutamente de todo pero todo les parece insuficiente y no aprecian la abundancia de la que disponen.
Esther, que sabe de las penurias que pasa mucha gente, se trajo media mochila llena de ropa, juguetes y zapatos que su hija ya no puede usar e hizo felices a muchas, muchas niñas. Era para ver esos ojos... radiantes de felicidad al recibir los, para ellas, sus nuevos zapatos. También era emotivo ver los ojos de Esther, con una mezcla de felicidad y nostalgia al entregar la ropa de su hija, esa ropa para ella cargada de un valor sentimental, una etapa de la vida de su hija se quedaba allí en el pais y se convertía en un preciado regalo para niños desconocidos. Qué grande eres, tía...grande de corazón..
Yangón se me aparece una ciudad fascinante y a pesar de sus miserias, de sus rincones pestilentes y rebosantes de basura, de su legión de perros callejeros que viven, crían y mueren en sus aceras, de sus calles salpicadas de escupitajos rojos de betel, de sus mendigos, de sus atronadores bares ocultos, de las camionetas abarrotadas de gente, de sus restaurantes callejeros alrededor de una mesa y cuatro banquetas mugrientas, de repente me doy cuenta de que bajo la bóveda de los árboles que la abrazan, la ciudad brilla con una luz especial que ya quisieran para sí ciudades con más renombre. Es el brillo de su gente, su buen humor, la sonrisa que proviene de esas caras maquilladas con la thanaka, la luz de esos ojos tan vivos, la dignidad para afrontar la vida de una manera sencilla cuando las circunstancias no son fáciles.
La ingenuidad para reirse sonoramente al contemplar una telenovela birmana, la fuerza de esos cuerpos musculosos que no le temen al trabajo duro y penoso. Son gente curiosa los birmanos y a pesar de ser un país tan sumamente pobre tienen algo que nosotros en Europa hace tiempo que perdimos, la alegría de vivir. Y observándolos descubro que me he enamorado de este país, el país de las mil sonrisas, el país donde los hombres llevan falda y los niños te saludan como si fueras una celebridad. Te hacen sentirte a gusto esta gente..
El último día en el país lo dedico a recorrer a fondo el enorme mercado de Bogoyke Aung San para buscar y comprar algunas de todas aquellas cosas que fui viendo durante el viaje pero que no quise comprar por no tener que acarrearlas durante todo el camino. Me arriesgué a comprarlo todo aqui aunque fuese más caro y hubiera menos variedad para elegir, sobre todo me acordaba de las fantásticas tallas de madera que estuve viendo en Bagan y que tan a puntísimo estuve de llevarme en su momento ante el temor de no volver a encontrar nada igual. Pero me salió bien la jugada y en vez de una talla de madera me llevé tres, quizás no tan elaboradas ni de tanta calidad como las de Bagan, pero suficientes para mí.
El precio no lo digo porque me da la risa. La próxima vez me envío un cargo porque este país tiene auténticas maravillas, los artesanos y artistas son buenísimos, pintores, músicos, escultores...levantas una piedra y encuentras algún artista. Lo único es que no sabría donde meter todo esto. Necesitaría una casa enorme, bueno, quizás cuando sea millonario algún día..
La tarde la paso en la Shwedagon Paya, la gran pagoda de la ciudad y nuevamente me dejo hechizar por su ambiente. La verdad es que acaba uno harto de tanta religión y tanto budismo. De tanto monje y tanta estupa y me da pena que esta gente tan estupenda esté tan manipulada por la religión y su vida gire en torno a ella, obsesivamente. Y aunque hay mucha gente que crea que no, yo pienso que el budismo es tan dañino para la gente como los fundamentalismos cristiano y musulmán. Se aprovechan igualmente de la gente. Mantener a los cientos de miles de monjas y monjes de este país, sus incontables templos y la codicia de la junta militar han empobrecido tremendamente al país que por otra parte se ve fértil, rico y lleno de recursos. Quizás algún día el pueblo diga basta.
Después de casi un mes en Birmania la vuelta a Bangkok a coger mi vuelo me parece un puro trámite.
La encuentro una ciudad gigantesca y tremendamente ruidosa. Y aunque sé de sobras que es una ciudad fascinante, con multitud de ambientes y de cosas interesantes para ver y hacer, en este momento se me antoja bastante inhumana. Un entorno hostil para las personas ¿Será por esto que encuentro tanta diferencia entre los birmanos y los tailandeses? ¿O será porque aquí ya están excesivamente contaminados por el turismo de masas y los visitantes ya no encontramos aquí esa sensación de calidez y hospitalidad con la que te reciben los birmanos?
No lo sé, pero a pesar de sus encantos, como enorme ciudad que es, Bangkok en este momento me parece una ciudad hostil, la ciudad de Blade Runner, prototipo de ciudad del futuro, inmensa, ruidosa, contaminada, plagada de tráfico, surcada por autopistas urbanas que cruzan la ciudad por las alturas, por encima de nuestras cabezas, sobre pilonas de hormigón, sin zonas verdes y distancias tremendas, sólo amenizadas por los puestos de comida callejera y la multitud de tiendas que se extienden por la ciudad, el inmenso mercado al aire libre.
Es noviembre y es luna llena. Hoy celebran el Loi Krathong, el festival de las luces y de los espíritus del agua. Es la noche donde la gente hace sus ofrendas al río y pide sus deseos y a su vez se desprende de las cosas malas, de los malos pensamientos arrojándolos al río para que sus aguas se los lleven lejos y sus vidas sean más felices. Los barcos ornamentados con miles de lucecitas como las de navidad ya estaban preparados ayer en los distintos puertos fluviales a la espera del gran desfile que recorrerá el río Chao Praya y los loi khom o globos de papel con una vela dentro a modo de linterna volverán a surcar los cielos de todo el país, dándoles un aspecto mágico. Las ofrendas florales y las lamparillas volverán a flotar aguas abajo llenándo con más luz incandescente la superficie del río.
Realmente será una noche mágica, pero ya no estaré aquí, por apenas unas horas no la voy a ver, pues mi vuelo es esta mañana.
Qué casualidad, cuando viene a Tailandia por primera vez en 2008, llegué precisamente la noche del Loi Krathong y hoy, 4 años después, me voy del país el día en que vuelve a celebrarse... Adiós Bangkok, hasta otra ocasión, sé que volveré a recorrer tus calles.
A la vuelta el cielo me hace un gran regalo. No hay apenas nubes y puedo contemplar Birmania desde el aire, sobrevolamos Mawlamyine, con sus selvas interminables, donde el agua se desborda en incontables hilos creando bellos dibujos solo visibles desde el avión. Luego la devastación, hay enormes zonas del país completamente deforestadas, se aprecia el sistema radial mediante el que avanza la tala de los bosques, que han sido sustituidos por gigantescas parcelas de cultivos.
Luego un gran regalo. Sobrevolamos el gran río Ayeyarwady, el padre del país, y puedo apreciar la enormidad del río desde el aire. Veo perfectamente las enormes islas arenosas arrastradas por las sucesivas crecidas del río y que a nivel del suelo tan sólo podía intuir su existencia. Estamos atravesando la llanura central birmana, la gran planicie arenosa del país, la que recorrí en su día con mis compañeros de viaje. Luego otra gran franja de montañas selváticas se extiende durante kilómetros y kilómetros sin ninguna población ni carretera. Es territorio virgen.
Realmente estoy disfrutando de la vista, las zonas prohibidas del país, regiones remotas a las que no tiene acceso el turismo están ahí, a vista de pájaro.
Más tarde aparece un mundo semiacuático, semiterrestre. Hay canales serpenteantes por todas partes. El gran río corta el terreno en dos partes y multitud de canales serpentean fragmentando aún más el terreno, tierra nueva que aparece en el mar, cinturones de islas alargadas y sedimentos disueltos que se van acumulando creando un festival de formas y colores, de densidades y solideces. Se ve perfectamente como la tierra le va ganando espacio al mar, formando nuevos territorios, creando diseños de formas fractales...
He tenido vuelos muy bonitos, pero este me está sorprendiendo mucho. Es un vuelo marcadamente geológico, estoy disfrutando muchísimo de la visión de estas estructuras geológicas que solo pueden divisarse desde estas altitudes. La costa oeste de Myanmar es impresionante.
Luego sobrevolamos otra zona de paisaje irreal, donde tierra y agua se disputan el dominio del suelo. Estamos sobre Bangladesh y lo que estoy viendo es el colosal delta del Ganges, que aquí se deshace en multiples bocas alimentado por las aguas de otro gigante, el río Bramahputra, con el que se funde en estas latitudes para formar uno de los suelos más nuevos e inestables del planeta.
Me conmueve ver tanta agua dulce. Yo vivo en una de las zonas más desérticas de un país muy árido y ver estas cantidades colosales de agua dulce me produce mucha envidia.
Al fondo, cerrando el horizonte se levantan majestuosas las cumbres de los Himalayas con sus hielos perpetuos, acompañando nuestro vuelo durante mucho tiempo. Estoy viendo el techo del mundo, estoy viendo la gran pirámide del Everest y toda una legión de cumbres menores que él, aunque igualmente magníficas.
Luego el cielo se cierra, las nubes se apoderan del paisaje y cuando vuelven a abrirse no tengo duda de lo que estoy viendo allá abajo. Veo el torturado y escalofriante paisaje de Afganistán. Sus peladas y agrestes montañas marrones y rojizas, desnudas de vegetación... parece mentira que pueda haber vida allí abajo, pero unas extrañas estructuras geométricas delatan la existencia de vida humana.
Las montañas afganas se hacen más altas, entramos en el Pamir y el Hindu Kush y el marrón rojizo se transforma en el blanco inmaculado de las nieves perpetuas. La visión es extraordinaria, kilómetros y kilómetros de ininterrumpidas montañas y valles inmaculadamente blancos, sólo rota su continuidad por algún peñasco rojizo que se asoma sobre el oceano de montañas blancas. Qué bello espectáculo. Es una visión muy hermosa, aunque en realidad sea un territorio todavía más inhóspito que el que acabamos de dejar atrás. Eso sin contar las tragedias humanas que se viven allí debajo, tragedias creadas por idealismos enfermizos y la avaricia de americanos, rusos y talibanes y que mantienen a este pueblo bajo el yugo de tiranos que se van alternando en el poder.
Finalmente la noche consigue alcanzarnos cuando estamos sobrevolando las hermosas y poderosas montañas nevadas de Georgia, con el monte Elbrus destacando sobre todas las demás cumbres allá al fondo, la montaña más alta de Europa, más alta que el legendario Mont Blanc. Y finalmente, tras haber recorrido medio mundo, tras trece horas de vuelo, veo la luna llena reflejándose en las aguas de los canales de Amsterdan. He llegado a Europa de nuevo, casi he completado la vuelta. Un viaje maravilloso, disfrutando de sobrevolar las más altas cimas del planeta y salvando las distancias esto me hace acordarme de que en unas cuantas horas estaré sobrevolando mis queridos Pirineos, de vuelta en casa...
Ya vuelven las grullas de su largo viaje otoñal
viernes, 23 de noviembre de 2012
Objetivo Birmania 6 : Un bicho raro
Miro mis manos, están llenas de oro. Alguien me dice que también tengo la cara y el pelo lleno de oro.
He estado tocando la Roca Dorada y apoyando mi cara en ella para sentir la energía de este lugar, es el sitio más sagrado del país junto con la Shwedagon Paya de Yangón. Dicen que esta roca es como el corazón de este país y que la mayoría de los birmanos sueñan con visitarla alguna vez en su vida.
Es una gran roca casi redonda, que desafía la gravedad, asomándose peligrosamente al vacío y apoyada tan solo en un pequeño punto (ellos dicen que sujeta por un pelo de buda). La gente viene aquí en peregrinación y pegan laminillas de papel de oro que es lo que le da su color y que es lo que ha teñido mis manos y mi cara al apoyarme en ella. Hasta yo mismo no he sido capaz de resistirme a la magia del lugar y he comprado unas laminas de oro para pegarlas aquí, me hace mucha ilusión dejar mi pequeña huella en este lugar tan especial del país.
Pero no todo es especial, no a mis ojos... Como todas las religiones, el budismo también es machista en este lugar y las mujeres no pueden tocar la Roca. Los hombres cruzamos un pequeño puente sobre una grieta y accedemos a la roca sobre la que se apoya la Dorada. Las mujeres tienen que conformarse con mirarla y hacerle ofrendas desde dos plataformas laterales.
El ambiente es por una parte bastante místico pero también es muy festivo. Las familias descansan tiradas por el suelo de la plaza que da acceso a la Roca. La gente come y ríe en compañía de los suyos. Hay varios hostales de peregrinos en la plaza de mármol, de la que parten varias calles llenas de tiendas y otra calle sólo de restaurantes. Desde la puerta de estos restaurantes se asoman unas chicas muy guapas que llaman a los posibles clientes, todas a la vez, creando una extraña melodía y compitiendo a ver quién se lleva a los clientes.
A veces la niebla cubre la Roca y la gran explanada que la circunda. Cuando la niebla se dispersa aparece el paisaje circundante, espectacular, una enorme visión panorámica de valles y colinas completamente cubiertos de bosques.
Llegar hasta estas alturas fue una pequeña odisea, aunque divertida. Cogí un autobús al poblado de Kinpun, para desde allí subir al Monte Kyaiktiyo, donde se encuentra la Roca Dorada.
Afortunadamente hay buenos hoteles en el poblado y nos vienen a buscar al autobús, como en los buenos tiempos. Empezaba a estar harto de tener que preocuparme de reservar con antelación, aunque en realidad nos la hemos jugado en los últimos destinos y hemos acudido sin reservar. Pero es que todo el mundo te dice que está todo completo y que han tenido problemas para encontrar hotel y nosotros también lo tuvimos un poco complicado en Mandalay o sea que estaba contentísimo de que vinieran a buscarnos al autobús y me ofrecieran un estupendo y nuevo bungalow por tan solo 15 $. Alberto y Cecilia cancelaron la reserva que tenían en otro hotel de los que salen en la guía y se vinieron a otro bungalow de estos bonitos.
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| Los camiones salen cuando se llenan completamente |
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| Peregrinos |
Es impresionante la cantidad de gente que masca betel en este país, hombres, mujeres, jóvenes, adolescentes.. lucen bocas rojas cual vampiros y a muchos les faltan casi todos los dientes debido a esta droga. Realmente resulta asquerosa.. entre los enormes escupitajos rojos que estucan los suelos de todo el país y esas bocas tan asquerosamente feas...no me los puedo imaginar besándose, mucho menos pensar en besarlos...buuufff...
Después de casi una hora de curvas, vaivenes, rampas y cuestas, el camión nos deja en un punto donde hay que seguir a pie. La pendiente de subida es espectacular y cuesta mucho esfuerzo subir. Para los que no quieren o no pueden subir por si mismos, por una asequible cantidad de dinero, cuatro paisanos te suben montado en un palanquín de bambú, como un marajá con sus porteadores.
El camino está flanqueado de tiendas de las cuales destacan especialmente las de medicinas chinas con unos caldos sospechosos preparados con escolopendras y una mezcla de maderas y de hierbas.
Dicen que es bueno para la piel. No me lo imagino, no suelen darme grima los bichos pero si hay uno al que le tengo bastante respeto y me da mucho repelús es precisamente la escolopendra. Que no cuenten conmigo para probar este caldo.
También tienen expuestas las cabezas de unos extraños ciervos, pieles de lo que parecen ser una variante asiática de ocelote o de jineta, y lo que es peor... en otra tienda encontramos las zarpas de varios osos negros asiáticos... en fin, vamos a acabar con todo, somos muchos y lo depredamos todo a nuestro paso. Ni que decir tiene que no nos dejan hacer fotografías.
Después de la tremenda subida llegamos a lo alto de la montaña y allí, entre nubes, muy cerca del cielo, brilla la gran roca de oro.
Al día siguiente me voy a recorrer uno de los numerosos senderos que se pierden por estas montañas. Alberto y Cecilia se han ido a Mawlamyine con la pareja de alemanes con las que me junté estos días. Yo decido quedarme un día más en Kinpun, se está bien y no me apetece correr más. Ya estoy en el tramo final del viaje y empiezo a tomármelo con más calma. Me despido de ellos, estuve muy a gusto en su compañía.
Tomo el sendero y dejo atrás la aldea. Empiezo a encontrarme con casas muy curiosas dispersas por el bosque, como un poblado selvático. Algunas son de madera, pero la mayoría están completamente hechas de bambú. Hace mucho, muchísimo calor , no dejo de sudar constantemente, estoy completamente empapado. El sendero es muy empinado y atraviesa bosques de bambú. Los extraños cantos de los pájaros acompañan la fatigosa subida.
El calor y la excesiva transpiración me dejan exhausto. Alcanzo un monasterio y descanso un rato a la sombra. No puedo seguir avanzando así, decido volver.
Para terminar de pasar el día decido coger una camioneta y me voy al pueblo Kyaikto, a 10 km. de la aldea de Kinpun. Es el lugar de paso obligado para llegar al desvío que conduce a la Roca Dorada. Los turistas pasan por allí, pero no se quedan. Enseguida me doy cuenta.
La sensación es extraña. Todos me miran, flipan conmigo, se vuelven y me miran descaradamente. Parece que nunca vieron un turista de cerca. Soy un bicho raro para ellos. Hasta ahora si saludabas a alguien te devolvían el saludo y te ofrecían una sonrisa, pero aquí están demasiado sorprendidos, no se les ocurre el devolverte el saludo, sus caras demuestran perplejidad, como si no fuera real el que estés ahí, como si fueras un personaje de la tele. Me empieza a incomodar un poco la situación.
Me recuerda a cuando eramos niños y en España no había inmigrantes. En la ciudad en que yo vivía había una base americana y de vez en cuando veíamos algún negro americano por nuestro barrio, no dábamos crédito, era rarísimo, el acontecimiento del día... Pero ¡¡ si cuando llegaba la navidad y salían los reyes magos, Baltasar era un tío pintado de negro...!! no había negros en España... bueno, y ver un chino, eso ya no era ni raro, directamente era imposible. Pues así me sentía yo aquel día. Algún estudiante de los que en ese momento salían del colegio aún se atrevía a decirme hello, pero la mayoría murmuraban y se sonreían al verme. A algunos niños pequeños les daba miedo y cuando me veían acercarme se metían corriendo a sus casas.
Andando, andando llegué a un estadio de fútbol y me invitaron a pasar o sea que allí me metí a ver qué había y todos los espectadores se me quedaron mirando jajaja.... que situación, tierra trágame jajajaja... Pero se acercó un futbolista que hablaba inglés a charlar un rato conmigo y ya empezó el partido y se olvidaron de mí, afortunadamente.
Perdí la última camioneta de vuelta al poblado y tuve que pillar una moto. Estos días me estoy moviendo mucho en mototaxi porque al estar solo es la manera mas práctica y económica para moverme.
La sorpresa me la llevé al llegar al hotel. Allí estaban Grego y Sonia, los chicos de Almería con los que estuve cenando la última noche que pasé en Bagan. Yo creía que eran pareja y resultaron ser hermanos. Nos fuimos a cenar juntos. Parece ser que voy a hablar más español de lo esperado, al menos por ahora.
A la mañana siguiente me encuentro a Alfons, de Manresa. Empezamos a hablar en inglés hasta que nos dimos cuenta de que los dos hablábamos español jajaja... parecía un chiste. El día de antes, el del tremendo calor, Alfons había subido a la Roca Dorada andando por senderos durante más de 5 horas y salvando los casi 1000 metros de desnivel, buff, que machada, parece que me estoy haciendo mayor.
Soy el único extranjero en el autobús a Mawlamyine. El paisaje empieza a tornarse más exuberante, muy verde, las montañas boscosas delimitan al fondo los campos de arroz y de sandías. Algunas partes del camino son realmente bonitas aunque sin ser ninguna maravilla. Pero es que los paisajes de este país no destacan especialmente, al menos en la zona que yo he visitado. Tenía otra idea del país. Lo mejor sin duda es su gente porque paisajísticamente se queda escaso y los precios son mucho más caros que cualquier otro país del sudeste asiático.
Por fin aparece el mar, aunque más bien parece un enorme río. Es el estuario del río Thanlwin cuyas aguas marrones cargadas de sedimento desembocan aquí, creando la isla de Bilu Kyun, conocida también como la isla del Ogro. Los barcos y ferries navegan bajo el enorme puente que une las dos lejanas orillas.
Después de tantas horas viendo campos, la imagen de semejante estuario rodeado de verdes montañas es bastante impactante. Al fondo la ciudad de Mawlamyine, camuflada entre del verde de los arboles y con su colina salpicada de relucientes pagodas doradas. La ciudad promete. Fue la capital de la Birmania británica y aquí vivió George Orwell durante varios años. También hay muchos hindúes y musulmanes y en las calles hay bastantes gopuram, los templos piramidales del sur de India, y también varias mezquitas.
Las dimensiones de la ciudad engañan y todo está mucho más disperso de lo que parece en los mapas... La primera impresión es que todo está lejísimos y que voy a tener que andar mucho. La configuración de la ciudad es algo extraña y en sus calles abundan los edificios coloniales ya decrépitos por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento.
Hay enormes árboles por las calles pero no son suficientes para mitigar el intenso y húmedo calor. Es una pena que a pesar de tener el mar ahí mismo no haya ninguna playa, ya que la isla del Ogro hace de barrera al mar abierto y son las aguas del río las que se imponen en el estuario.
Caminando llego a la cima de las pagodas, el punto más alto de la ciudad y puedo apreciar la geografía del lugar. Las vistas son tremendas. Unos niños que vienen a curiosear me dicen que las montañas que se ven al fondo son Tailandia. Miro el mapa, seguro que si, la distancia que abarca la vista desde aquí arriba es enorme.
Abajo en la ciudad hay una prisión. Ocupa una gran superficie. Los barracones están organizados de forma radial, como Carabanchel o la Modelo, con sus tejados de zinc oxidados... el espacio entre pabellones está ocupado por huertos y con el zoom de la cámara puedo ver como los presos trabajan el huerto.
Por la noche me vuelvo a encontrar con Alberto, Cecilia y los alemanes. Me llevo una gran sorpresa porque pensaba que se habían ido, pero habían decidido quedarse una noche más en Mawlamyine y me alegré mucho de volver a charlar con ellos. Además empezaba a echar de menos poder hablar en español.
Al día siguiente me voy de excursión a la isla del Ogro, territorio del grupo étnico Mon. Decido irme en una excursión organizada porque me resulta más fácil que tener que buscar y organizarme todo el transporte por la isla teniendo un tiempo tan escaso. Lo único que tengo mala suerte es con los compis de excursión porque resultan ser 3 americanos y un sudafricano, que tienen un inglés bastante difícil de entender y además hablan demasiado rápido para mi. Me entiendo más o menos bien con los paisanos y los turistas europeos, pero con los americanos hablando entre ellos me resulta muy difícil. Bueno, al menos viene también un suizo con el que hablo algo, pero no es un tío de muchas palabras.
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| Era difícil moverse por el ferry, con todo este barullo |
Visitamos las plantaciones de caucho y vemos cómo recogen el látex y lo cuecen, lo colorean y lo untan en una especie de cilindros de madera que me recuerdan a las patas de las mesas. Es el molde, ahí se seca el látex y extraen los cilindros de colores que luego colocan en unas rudimentarias máquinas cortadoras de poleas, y trocean los cilindros de látex transformándolos en gomas elásticas. Es impresionante, hay millones de gomas de colores que parecen montañas de fideos multicolores. En la zona también hay hogares que se dedican a la fabricación de cuerdas y alfombras hechos a base de fibra de coco. Las fábricas son del tamaño de una casa, dando trabajo a los miembros de la familia.
En otras casas fabrican pizarras de piedra para los escolares, en las cuales se escribe con los mismos recortes de la piedra que se usan a modo de tiza. Muy curioso.
Luego vemos cómo fabrican artesanalmente diversos objetos sencillos de madera como bastones y pipas de fumar. El ambiente que se respira en los poblados de la isla es de lo más agradable.
Con el tuk-tuk primero y después con el enorme camión Chevrolet de 60 años vamos recorriendo la isla y llenando de bellas imágenes nuestras retinas. Flores de loto crecen en las lagunas, caen las gotas del látex en las vasijas, los búfalos tiran del arado en el arrozal, de la casa de madera nos llega una sonrisa, hello dicen los niños al vernos pasar, la moto que nos quiere adelantar piii, piii, piii....déjame pasar y cae la gota de látex, piiii piiii piii aún no he podido pasar. Explosión de verde y blanco, la salida del colegio, el uniforme nacional, una riada de colegiales sobre bicicletas, largas cabelleras de azabache se derraman sobre el blanco inmaculado de sus camisas, faldas y pantalones verdes. La gallina y sus pollitos junto a las casas, la abuela cortando el bambú con su machete, hello nos vuelven a llamar, los cebúes rumian la hierba y los pájaros rebuscan en sus jorobas. Las palmeras recortando el horizonte, los monjes andando descalzos por el arcén, miradas furtivas enmarcadas de amarillo de thanaka desde las casas, hello, hello, hello... se repite sin cesar.
Llegamos al embarcadero, toca volver en un ferry de barcaza, subidos en el techo entre motos y paisanos. Los gigantescos y verticales cúmulos con forma de coliflor traen el recuerdo de tormentas lejanas. El cielo se tiñe de naranja y las caras se llenan de sombras. Al fondo aparece la ciudad, abrazada por el verde. En lo alto relucen las pagodas doradas, se respira paz, todo está bien.
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