miércoles, 18 de septiembre de 2013

Un viaje a Nepal: 2 Entre elefantes y parapentes

No podía creer lo que estaba viendo. El enorme rinoceronte que unos minutos antes era apenas un punto oscuro sobre la hierba, se había ido acercando tanto que ahora estaba a apenas 4 metros de mí. Lo estaba contemplando a placer, desde la relativa seguridad del talud del río por el que presuntamente el animal no podría subir. 

Y digo presuntamente porque apenas unos minutos después de haber abandonado el lugar, al volverme pude ver que estaba justo en el punto desde el cual lo había estado mirando. Menos mal que el guía fue bastante prudente porque insistió en que nos marcharamos de allí cuando el animal estuvo tan cerca.


No me extraña que nos insistiera en irnos, hacía apenas dos días un rinoceronte había embestido y matado a uno de sus compañeros, un guía forestal del Parque Nacional de Chitwan, donde me encuentro ahora. Y el ejemplar de rinoceronte que teníamos delante era un enorme macho de unas 3 toneladas.
Es el animal que más accidentes produce ya que no es raro encontrarse con él más cerca de lo esperado y que te embista.. y con 3 toneladas de animal  a 40 km. por hora el ataque suele ser mortal.

Este parque nacional fue creado para proteger a sus casi extintos tigres y rinocerontes asiátiacos. En él viven unos 150 tigres que son dificilísimos de ver aunque alguna vez se han producido ataques a turistas y lugareños. También viven aquí unos 550 rinocerontes asiáticos de los apenas 3000 que quedan en todo el mundo. Durante años la caza y los furtivos esquilmaron hasta casi hacer desaparecer a estos animales, muy demandados en el mercado de la medicina tradicional china.

 Luego, con la creación del parque empezaron a recuperarse débilmente pero en los últimos años el ejército nepalí estaba más preocupado de combatir la guerrilla maoísta y los cazadores furtivos campaban a sus anchas en el parque.
Además de estos dos animales protagonistas también hay unos cuantos elefantes salvajes, osos perezosos, leopardos, varias especies de ciervos y una larga lista de aves y otros mamíferos menos amenazados.

Habíamos empezado el día con una excursión en canoa por el río, recorriendo sus orillas en busca de animales. La canoa teníamos que compartirla con parte de un grupo de chinos que se alojaban en el mismo hotel que nosotros. Eran realmente ruidosos e incluso en las otras dos canoas que iban en la expedición, allá atrás, podíamos oír que se habían puesto a cantar todos juntos jajajaja.... era increíble...íbamos a ver  animales y no dejaban de hacer ruido, eran como niños grandes de excursión.

 A pesar de todo,en nuestra embarcación conseguimos ver un par de cocodrilos y unas cuantas especies de aves. Y ese día estaba el cielo muy despejado y podía ver algunas de las altas cimas del Himalaya allá en el horizonte. Ahí estaban el Manaslu, los Annapurna y el Machapuchare. Con sus cimas congeladas resplandeciendo de blanco en la lejanía.


 Luego al desembarcar es cuando vimos al impresionante rinoceronte. Yo me adelanté y fuí agachándome y ocultándome tras la hierba hasta ponerme enfrente de él, en la otra orilla. No quería que el ruido y la ropa de colores de los chinos que venían allí detrás me estropeasen el momento...Intenté sacar unas fotos con el zoom antes de que el animal huyese. Pero..para mi sorpresa el animal no huyó, sino que se metió en el río y lo fue cruzando poco a poco, acercándose hasta ponerse justo debajo de nosotros. Era espectacular, sejemante bicho totalmente acorazado... Nos dijo el guía que era bastante extraño su comportamiento y que mejor huir de ahí ante el alto riesgo de una embestida..


Le pido a uno de los dos guías que se adelante con los tres que realmente estábamos interesados en ver animales y dejemos atrás a los ruidosos chinos. Y él, que se ve realmente contento con su trabajo y tanto nos ha contado sobre el parque y sus habitantes, accede. En el paseo a pie que dimos por el bosque conseguimos ver tres ciervos, un cerdo salvaje y varios tipos de lagarto.


Luego nos fuimos a otra zona a ver el baño de los elefantes, y durante unos minutos pude bañarme y subirme al elefante. Su dura piel ahora estaba blandita y arrugada. Fue muy divertido cuando nos echaba agua como si fuera una ducha, supongo que tiene que ser buena el agua con moco de elefante que nos estaba cayendo...bueno....otros se dejan chupar por perros y gatos..
Intentaba disfrutar del momento porque era el último día en que iba a estar acompañado. Había empezado el viaje con Viqui, una chica que había contactado conmigo el año pasado para el viaje a Birmania y con la que al final había quedado para juntarnos en Nepal. Por teléfono había habido bastante buen rollo y la cosa prometía. Pero a la hora de la verdad teníamos muchísimas diferencias y empezamos a tener pequeñas discusiones  que fueron creando mal rollo y llegó un momento que había tantos reproches mutuos que decidimos que mejor nos separábamos y seguíamos cada uno nuestro camino. Echaré de menos algo de compañía y el poder hablar en español, pero a cambio ganaré mucha tranquilidad y la libertad de moverme a mi antojo sin tener que rendir cuentas a nadie. En el alojamiento del parque encontré a Gokhan, un chico turco muy majete que hablaba español y se juntó con nosotros esos dos días en Chitwan. La verdad es que estuvo muy bien juntarnos así los tres.


En esta zona vive la etnia Tharu, que como dicen ellos son muy oscuros, pequeños de tamaño pero grandes de corazón. Estuvimos muy a gusto con los que tuvimos trato. Han usado tradicionalmente a los elefantes para ayudarles en sus trabajos y ahora los siguen utilizando como medio de ganarse la vida con los turistas.
O sea que nos fuimos de paseo safari con elefantes por el parque nacional a ver si podíamos ver algo de fauna. La verdad es que no vimos nada más que dos ciervos, y no me extraña no ver nada, porque en las zonas de sabana, la hierba llega a medir unos 5 ó 6 metros de altura, ocultando a cualquier animal más pequeño de esa altura, incluyendo a tigres y rinocerontes. En algunos momentos hasta el resto de elefantes del grupo desaparecía engullido por la alta hierba. En las zonas de bosque era tal la espesura que tampoco veía a los elefantes que teníamos 8 ó 10 metros por delante y la principal atracción era disfrutar de la sensación de ir montando sobre un animal tan grande, con sus movimientos perezosos, parándose a su antojo cuando encontraba determinado tipo de hierbas, que arrancaba e iba comiendo hasta encontrar más de la misma especie. Parece ser que o bien le gustaba mucho su sabor o bien le producía algún tipo de placer y se había vuelto adicto a ella.
El bosque se ve de otra manera desde el lomo de un elefante aunque hay que tener cuidado porque el animal al abrirse paso te mete contra las copas de los árboles y hay que ir apartando ramas con frecuencia. Me encantaba cuando emitía una especie de infrasonidos que te hacían temblar el cuerpo. Supongo que era para comunicarse con los otros elefantes en su voz tan grave, tan grave, que más que oírla la sientes vibrar dentro de tí.
Pero tuve un problema con la cámara de fotos. En el paseo a pie de la mañana, antes del baño con los elefantes la cámara había dejado de funcionar repentinamente, no hubo manera de volver a ponerla en marcha. Esperaba  poder arreglarla en Pokhara y mientras tanto tomar alguna foto con el pequeño teléfono móvil que me he traido a este viaje, la primera vez que traigo un móvil debido a la proliferación de hoteles y bares con wifi.

Y llegó el día de la despedida. Gokhan y Viqui se van a Katmandú, Gokhan para tomar su vuelo de vuelta a su ciudad, Estambul. Viqui para continuar el viaje como habíamos planeado, vuelta a Katmandú para ver el festival del Indra Jantra, que es cuando sacan a la calle a la Kumari, la niña diosa. Yo decido no volver atrás el camino y seguir hacia adelante, hacia Pokhara, a los pies del macizo de los Annapurna.
El camino es espectacular. Entre las altas y verdes montañas se abre paso un gran río de color lechoso que es alimentado por incontables afluentes cristalinos que bajan abruptamente por los profundos barrancos.

 De vez en cuando veo a los lugareños acarreando enormes bultos mientras cruzan por largos puentes colgantes. El paisaje es realmente impresionante. Escarpadas laderas cubiertas de impenetrables junglas, en las zonas menos escarpadas los campos de arroz están en todo su esplendor, de un verde brillante adaptándose al relieve mediante preciosas terrazas. Me encanta. Estoy descubriendo el Nepal que me había imaginado. Cuando el autobús se detiene momentáneamente para dejar paso a otro vehículo puedo ver que en el arroyo que discurre junto a la carretera, con apenas un palmo de agua, hay cangrejos de río con extrañas pinzas negras. Qué no habrá ahí al lado, en esas espesas junglas, cuántas especies raras de animales y plantas aún sin descubrir ni catalogar...
Luego, a mitad de camino nos encontramos el tráfico parado. Hay una larga fila de camiones y autobuses parados. La carretera está cortada. Pero no es por un desprendimiento ni corrimientos de tierra, es que hay huelga. Es la segunda huelga que veo en apenas una semana. La situación parece bastante inestable. Parece ser que el motivo es una nueva ley de partidos que quiere promover el partido en el gobierno y que dejaría fuera del gobierno a muchos partidos minoritarios, algo así como lo que pasa en España , que con el método actual de reparto de los votos nos condena prácticamente al bipartidismo. Además parece ser que también influye en la huelga el importante aumento de los precios de los carburantes..
El caso es que aquí la huelga es una cosa seria, no es cosa de risa como en España. Aquí está todo cerrado, comercios, carreteras, aeropuertos..pero cerrado, cerrado. Por las carreteras pasan columnas de motoristas o de camiones llenos de gente portando banderas rojas o banderas comunistas.Y en todos los cruces de camino hay piquetes y controles. Sólo dejan pasar a los autobuses de turistas y afortunadamente yo voy en uno de ellos.
Y no deja de ser un lujo y un placer porque de repente la carretera está vacia. Sólo vamos nosotros y el viaje se hace mucho más corto y mucho menos arriesgado, ya que en estas tortuosas carreteras de montaña la circulación es lenta y difícil. Pasamos incontables controles, uno en cada pueblo y aunque algún miembro de los piquetes parece ser que no quiere ni que pasemos nosotros, sus compañeros les convencen de que nos dejen seguir.

Finalmente consigo llegar a Pokhara, una tranquila ciudad asentada en un hermoso valle a la orilla del lago Phewa y con las cumbres de los Annapurnas y el Machapuchare al fondo. El sitio prometía pero las nubes ocultaban los Himalayas. Hacía sol, incluso demasiado sol, pero las cumbres eran invisibles tras la nubes que se habían quedado atrapadas en sus laderas.
Aparte de la belleza natural del emplazamiento de la ciudad, para el turista esto es un paraíso pues el lugar está repleto de bares, restaurantes de todo tipo, actuaciones musicales mientras tomas una copa, gabinetes de masaje y de belleza, centros de yoga, tiendas de ropa y artículos de montaña y muchísimas actividades que hacer, desde remar por el lago, montar a caballo o tirarte en parapente y volar con los Himalayas de fondo. Una especie de Salou en Nepal.


En Pokhara no puedo arreglar la cámara, apenas hay tres tiendecitas de fotografía y son vendedores, no técnicos, o sea que poco pueden hacer nada que no haya hecho yo. Al día siguiente, el dueño del hotel me lleva con su moto a la otra ciudad, la que no es para los turistas y allí vamos a una tienda de reparación de cámaras. La tengo que dejar allí para que la abran y miren a ver lo que le pasa.  Aprovecho para irme a recorrer varias atracciones cercanas, como la cascada de Devi, bastante espectacular la garganta que forma antes de desaparecer bajo tierra. Dicen que se llama así en honor a un suizo llamado David, el cual estaba con su esposa bañándose en una de las pozas antes de la cascada, allá por 1961,  y la señora fue arrastrada por el agua y murió. Luego puedes entrar en una cueva donde hay un templo hinduista y si sigues la galería llegas a la brecha en la que desaparece el río para introducirse en la cueva. Había un ambiente muy poderoso allí dentro, con el estruendo de la cascada retumbando en la cueva y la fisura de la garganta por donde entraba un hilo de luz.


Luego me fui a subir hasta la pagoda de la Paz Mundial, un hermoso mirador sobre el valle y el lago de Pokhara, y que por las fotos que he visto hechas desde allí es perfecto para contemplar una tremenda panorámica de esta parte de los Himalayas, pero no hay suerte, están ocultos tras las nubes y tan solo en algún momento se abre un pequeño claro y puedo contemplar alguna fracción de montaña helada, tiene que ser espectacular cuando esté despejado. 

La subida ha sido bastante dura, más por el calor que por el desnivel, y una vez arriba me dedico a contemplar los numerosos parapentes que sobrevuelan las montañas de la otra orilla del lago. Hay muchos, entre 20 ó 30 y algunos hacen impresionantes maniobras como picados con interminables tirabuzones, buuufff....que sensación tiene que ser, que dominio de las velas y las corrientes de aire. Me habían dicho que este era uno de los mejores lugares del mundo para volar en parapente y veo que aquí hay gente que vuela muy pero que muy bien. Quizás me anime a probarlo, aunque me da un poco de miedo.


La bajada de la pagoda la hago por la otra cara de la montaña, mucho más fresca y con un espeso bosque de shoreas, en los que vuelan unas mariposas alucinantes, muy grandes y de vivos colores. La bajada es tremenda y con escalones tallados en la roca. Al final llego al lago donde tomo una barca para cruzar a la otra orilla y llegar a la ciudad. El paseo ha sido muy agradable, me siento muy bien y muy relajado la verdad, me dan ganas de tirarme de la barca y pegarme un baño en el lago, pero creo que lo dejaré para otro momento..


Por la tarde el técnico me dice que no ha podido arreglar la cámara. Ha entrado en su interior una especie de aceite, no entiendo cómo, entendería que hubiera entrado sudor pero no aceite. Ha tratado de limpiarlo pero necesita una limpieza más profunda y me dice que me costaría unos 70 $ y que no me da garantías de que funcione. Me recomienda que no lo haga y que si quiero que pruebe en España. Vamos, que estoy sin cámara de fotos.
Busco para comprar alguna pero los modelos que veo no tienen demasiado zoom y son bastante caras, es una difícil elección, gastarme 100 euros en una cámara bastante corriente para poder hacer algunas fotos durante el viaje o no gastarlos y comprar una cámara en condiciones a la vuelta. Me quedo sin hacer fotos buenas durante el viaje, porque el móvil es socorrido para echar alguna foto, pero no tiene zoom ni nada, y la lente es gran angular, con lo cual todo parece mucho más lejos y más pequeño de lo que en realidad estoy viendo. Harto de recorrer la ciudad y no encontrar lo que busco, decido que no compro cámara, que este viaje será sin fotos, solo alguna de móvil. Lo guardaré todo en mi mente. Si mañana las montañas están despejadas me iré a volar en parapente, sí ¿por que no?

Me levanto, miro por la ventana, ahí están las montanas, todas ellas en todo su esplendor...hace un dia estupendo para ir a volar.. Me doy prisa en organizarlo todo y en apenas media hora me vienen a buscar al hotel y me llevan en furgoneta con otros turistas al voladero. Subimos hasta el pueblo de Sarangkot, 500 metros por encima de Pokhara. El camino es impresionante, las cumbres de los Annapurnas parecen estar ahí mismo, con sus glaciares y sus paredes verticales cubiertas por una espesísima capa de hielo. La silueta del Machapuchare es impresionante, una piramide perfecta, inexpugnable, 7000 metros de montaña sagrada.
El Machapuchare es la unica montaña de Nepal que no ha sido escalada, es sagrada para los nepalies y no se permite a nadie ir a ella. No me extraña, la visión de semejante pirámide de hielo con el viento arrancado partículas de nieve en la cumbre no te deja indiferente, es una visión grandiosa. Hago una foto con el móvil, pero...las cumbres salen pequeñísimas, allá a lo lejos, como si estuvieran a 100 kilómetros, una pena, pero es lo que hay.


Hemos subido en la furgoneta 6 turistas y 6 pilotos, con los que volaremos. Son jóvenes pero dicen que muy buenos. Llevan ropas de montañero de diseño, con unos atuendos muy similares a los que llevan los guias de montaña en España, me recuerdan mucho a mi amigo Javi.
Luego mientras otros parapentes van despegando, mi piloto me va preparando, colocando el arnés y dándome las instrucciones de lo que tengo que hacer..estoy tranquilo, siempre habia pensado que en este momento estaría cagado de miedo, pero no, hombre, un poquillo de nervios si que hay, es la primera vez que voy a volar así, pero la verdad es que más tranquilo de lo que esperaba. No puedo decir lo mismo de un alemán que va a volar al mismo tiempo que yo, el tio está super nervioso.
Llega nuestro turno...corremos y antes de que me de cuenta estoy en el aire...el suelo se aleja muy rapidamente, los árboles quedan allí abajo y la sensación es... maravilloooosaaaa..... buuufff.... que bonito, estoy volando como un pájaro, sintiendo el viento en la cara, los tirones de las corrientes de aire y tan solo el sonido del viento acariciando la vela. Si te paras a pensarlo es alucinante, en realidad vamos colgados de un trozo de tela con hilos, mejor no lo pienso... planeamos, giramos y vamos ascendiendo según nos metemos en la térmica, es flipante, es volar como lo hacen los buitres, sin mover una sola pluma. Y además puedo ir viendo cómo vuelan los demás porque estamos como unos 20 parapentes volando la misma corriente. Cuando te acercas a las montañas o a los árboles es cuando realmente te das cuenta de la gran velocidad a la que estás volando, pero en la térmica todo es muy suave, muy apacible. Disfruto mucho de esta experiencia, la verdad. Siempre había querido hacerlo pero no la había hecho y ya pensaba que nunca lo haría, pero allí estaba, volando como un pájaro.
Comenzamos el descenso, las terrazas de arroz son superfotogénicas desde aquí arriba, más cuando encuentras que en algunas hay mujeres con saris de vivos colores trabajando. Luego sobrevolamos el lago y me encantan las estructuras que hay en él, son los criaderos de peces, piscifactorias artesanales hechas con estructuras de madera cuadrangulares y con una red donde el pescado no puede escapar y va engordándose. Son tan fotogénicas desde aquí, parecen tan pequeñas allí abajo rodeadas de islas flotantes de jacintos de agua..
Y finalmente el suelo se va acercando, más y mas y hacemos un aterrizaje perfecto, impecable. Ha sido una experiencia maravillosa, me pregunto por qué no la había hecho antes. Ahora me ha picado el gusanillo, quiero volver a volar.
Con el vuelo parece que me ha entrado la claridad mental. Ya he decidido qué trekking voy a ir a hacer. Me iré al trekking de Ghorepani y después de preguntar en dos agencias y alucinar con los precios desorbitados que me han dado, me he enterado de que es un trekking que puedo hacer yo solo por mi cuenta, fácil de seguir y con buen alojamiento por el camino o sea que me voy a ir por mi cuenta, a mi aire. Me he tenido que ir a sacar el permiso para entrar en la reserva de los Annapurnas y otro permiso para poder ir yo sin ningún guia. Calculo que estaré unos 5 o quizas 6 dias de trekking. O sea que... hasta la próxima... Los Himalayas me esperan

viernes, 13 de septiembre de 2013

Un viaje a Nepal: 1 La caótica Katmandú



  Dos niños se bañaban en el río. Reían y bromeaban entre ellos. Sus espaldas mojadas brillaban reflejando el sol del mediodía. No tendría nada de extraño si no fuera por lo que realmente me fijé que estaban haciendo. Hundían sus manos en el lodo y rebuscaban algo, después de un rato veo que consiguen sacar unas cuantas monedas y otro chico más afortunado consigue sacar un collar y un relicario. El fondo del rio está lleno de estos pequeños tesoros.

    
Estoy en Pashupatinah, el principal templo hinduista de Nepal, a orillas del río Bagmati y lugar donde los nepalíes más pudientes incineran a sus familiares fallecidos. Al igual que cuando estuve en Benarés, en la India, el lugar me sobrecoge profundamente. Los occidentales no estamos acostumbrados a tratar con la muerte tan cara a cara como lo hacen los hinduistas. Por supuesto que los rostros son de pena y aunque no veo lágrimas siento el dolor del que ha perdido a un ser querido. Pero ellos lo toman con  resignación, creen en la reencarnación, en el karma y en el nirvana y eso parece ayudarles a aceptar un poco mejor la pérdida que tienen que soportar.


    
En la orilla del río se levantan  las plataformas sobre las que arden varias piras funerarias. Los pies sin quemar de un señor sobresalen de una de las piras, la paja que cubre el resto del cuerpo ha tomado la forma del cuerpo y la cabeza del difunto. La familia espera a la sombra las tres horas que tardará el cuerpo en quedar reducido a cenizas y luego serán lanzadas al río donde los niños y algunos no tan niños rebuscarán para encontrar anillos, dientes de oro, collares y monedas que la gente arroja al río como plegaria. Es como un ecosistema humano. Donde unos se despiden para siempre de un ser querido otros encuentran una oportunidad para sobrevivir el día a día. Son muchos los que se ganan aquí la vida, desde el que trae la leña para las incineraciones hasta los vendedores de figuritas de dioses hindúes en los puestos que flanquean el camino hasta aquí. Luego están los sadhus o santones, que ahora viven de las propinas que se sacan posando para las fotos tanto de los turistas como de los nacionales que quieren posar con ellos. Con sus túnicas anaranjadas, sus cuerpos pintados de blanco grisáceo o ceniciento, sus rastas y sus frentes adornadas con los polvos de tika y los símbolos de Shiva o de Visnu.

 
El ambiente es impresionante.  Podría parecernos algo dantesco pero aquí es algo tan normal que en cuanto uno lleva aquí diez minutos lo acepta tal cual es, sin hacer más preguntas, aunque contagiado por la pena y el ambiente del lugar no puedo dejar de acordarme del día en que me tocó a mi enterrar a mis padres y empiezo a sentir bastante dolor, las cicatrices se ablandan y un torrente de emociones se empieza a apoderar de mi. Siento una sincera compasión por ese joven que está incinerando a su madre, y por ese señor que ha tenido que encender la hoguera con la que se despedirá para siempre de su hermano. Sé lo que están sintiendo.  Ellos parecen darse cuenta de que no lo estoy pasando nada bien y me consuelan con su frase "así es la vida"

 

No te quedas indiferente en este lugar, no puedes por menos que preguntarte para qué estamos aquí, tantos millones de personas en este planeta, tantas vivencias, tantas formas de entender la vida y la muerte y al final todos nos vamos, pero ninguno sabemos cuándo ni a dónde, ni cuál ha sido el motivo de nuestra existencia.

Un extraño lugar dentro de la extraña Katmandú.






   Porque realmente es una ciudad extraña. Sus estrechas calles y plazuelas bulliciosas de vida, un sinfín de gente recorriéndolas, el caótico y peligroso tráfico. Sus calles sin pavimentar, llenas de agujeros que tienen que ser sorteados por un ejército de motos y de coches, de ricksaws y bicicletas, que se te echan encima, pues aparte de la estrechez además las calles no tienen aceras por lo que todos, vehículos y peatones tenemos que compartir el mismo espacio. Un auténtico caos. El barrio antiguo, el Thamel, donde nos alojamos prácticamente la mayoría de turistas está abarrotado de tiendas creando un paisaje confuso, de difícil orientación pues prácticamente todas las calles son iguales. Cientos de tiendas de artículos de montaña se dispersan por estas calles. Inundándolo todo con las buenas y falsas imitaciones de cazadoras, mochilas, ropa de trekking, botas y demás artículos de marcas North Face o Mammut. No olvidemos que estamos en el país de los Himalayas, aquí viene muchísima gente a hacer montaña o senderismo y hay todo un mercado dedicado a ellos. Además de innumerables tiendas de artesanías, ropa de lana y demás parafernalias pseudo hippies.

 
La principal atracción turística es Durbar Square, que son tres plazas repletas hasta más no poder de templos y palacetes medievales, vestigios del antiguo reino de Katmandú. Las estrechas calles te conducen por este paisaje del pasado y los aleros de los templos ahora son cobijo de vendedores de frutas, de yogur y de pastelillos. Esto sería inconcebible en otros países, pues estos templos están declarados Patrimonio de la Humanidad. Pero eso no es problema para ellos, montan sus tenderetes en estos monumentos y después los desmontan al caer la noche. El colorido de los saris colgando de balcones de madera tallados con intrincados dibujos geométricos y figuras del kamasutra no deja de ser algo de lo más curioso. Lo peor es la legión de insistentes vendedores de collares, bolsitos y flautas que no dejan de acosarte durante el recorrido, pero con un poco de firmeza te los quitas de encima.

 
Una de las curiosidades que tienen aquí es la figura de la Kumari, que no es más que una niña a la que ellos han elevado a la categoría de diosa viviente, la encarnación de la diosa Durga. Se elige cuando tiene 4 años entre todas las candidatas que se presentan y si cumple con 32 requisitos físicos que van desde el tono de voz, la forma de los dientes  y el color de los ojos, pasa la primera selección.
Luego las candidatas pasan a una habitación llena de cabezas de búfalo y donde unos hombres con máscaras monstruosas danzan a su alrededor. Una auténtica diosa no debería tener miedo de esto y de las que pasan la prueba sólo una será capaz de reconocer y escoger la ropa de su antecesora, en un ritual parecido al que se utiliza para elegir al dalai lama de los budistas.

  
Una vez elegida se traslada junto con su familia a la Kumari Bahal, una especie de palacete del que no saldrá nada más que unas pocas veces al año, y al final de su reinado, cuando con la pubertad tenga su primera menstruación y vuelva a ser una siemple mortal. Entonces tendrán que elegir a una nueva Kumari,  le darán una buena dote y volverá a tener una vida normal, aunque quizás no sea así puesto que dicen que nadie quiere casarse con ella pues trae mala suerte. Yo pude verla un par de minutos que se asomó a un balcón interior y sólo pude ver a una sencilla y triste niña encerrada en un palacio.


   
Al día siguiente fuimos a ver las dos grandes estupas budistas de esta ciudad, las que en las agujas que rematan sus cúpulas tienen dibujado los famosos ojos de buda, esos que todo lo ven y todo lo saben.
La verdad es que son impresionantes, sus grandes cúpulas blancas están rodeadas de molinillos de oración que los fieles hacen girar mientras rodean la estupa en el sentido de las agujas del reloj. Las banderas de colorines que parten desde la aguja hasta la base están escritas con oraciones y mantras budistas que son esparcidos por el viento hacia los cuatro puntos cardinales. Inmensos molinillos de oraciones son girados por monjes y por los devotos que quieren agarrarse a la rueda que los mueve, mientras un mecanismo hace sonar una campanilla a cada vuelta creando un ambiente un poco hipnótico.

  
Miro los ojos del buda allá en lo alto de la estupa, el viento mueve los velos que lo rodean como si fuera su pelo, las banderas de oración ondean al viento sobre el cielo azul  y de repente veo que el conjunto parece tomar vida, los enormes ojos se clavan en los míos y parece como si me estuvieran leyendo, el movimiento de banderas y telas crea una extraña sensación, como si fuera una enorme criatura que moviera lentamente sus tentáculos como un pulpo. El efecto es poderoso y me imagino a los fieles de tiempos inmemoriales, los de antes de que se inventara la tele, viendo a su dios en semejante tamaño y con este movimiento. Una prueba irrufrutable de la divinidad del lugar.

   
Por lo demás el sitio es de lo más curioso, pues esta estupa, la de Bodhnath, es el hogar de cientos de refugiados tibetanos que huyeron de su país cuando fue invadido por China.  Y hasta aquí han traido sus costumbres, su ropaje y su comida. Los puestecillos venden desde todos los artilugios del budismo tibetano hasta la mantequilla de yak o el tsampa, una especie de harina de cebada tostada con la que hacen una insípida pasta.  Estoy dentro de un pequeño Tibet en la extraña ciudad de Katmandú, donde tantos músicos y hippies encontraron la inspiración.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Objetivo Birmania 7 : Vuelven las grullas




Junto  a una de las orejas del gran Buda

     Había un par de nuevos y enormes ojos en el interior de su cabeza, esperando a ser colocados. Eran los ojos más grandes que había visto nunca y a su lado me sentía diminuto. Tenía la cabeza hueca, al igual que el resto del cuerpo y ahora yo estaba allí dentro recorriéndolo. Estaba dentro del buda gigante de Mawlamyine, una tremenda figura de un buda tumbado de nada más y nada menos que 176 metros de longitud, grande como una montaña. Estaba cansado ya de ver tanto buda y tanta pagoda, pero este era distinto, era algo especial y curioso, una cosa digna de ver.




      Había negociado un mototaxi para ir hasta allí, 25 km. al sureste de la ciudad. En el camino atravesamos amplias zonas acuarteladas, a pesar de ser un país bajo el mando de una junta militar hasta ahora no había visto cuarteles y apenas militares o policías. Deben ir de paisano porque apenas ves a ninguno, ni siquiera en las grandes ciudades. Luego el paisaje se volvió realmente espectacular y empezaron a surgir grandes rocas monolíticas verticales, cual islas en la pradera. Me recordaban a la Halong Bay de Vietnam o a la zona de Krabi en Tailandia. Hubiera seguido recorriendo esta zona pero ya llegamos a nuestro destino.

Apenas sales al desvío, que junto a la carretera hay un curioso monumento, una fila de estatuas de monjes budistas te acompaña durante todo el camino. Hay cientos, mejor dicho, miles de ellos, de unos 3 metros de altura, con su túnica y su característica cacerola negra con la que todas las mañanas salen en fila a pedir limosnas y comida. Luego cuando crees que la fila de estatuas termina, pasas con la moto por debajo de una de las típicas puertas-puente que suelen conducir a los sitios sagrados y ves que en realidad la fila de estatuas de monjes continúa por encima de esta puerta y sigue por el bosque de la derecha, perdiéndose a lo lejos. Es tremendo, supongo que todo el recinto está rodeado por esta fila de estatuas, miles y miles de ellas. Y esto te hace volver a preguntarte quién paga todo esto...
Porque los birmanos, dentro de su gran pobreza dan dinero todos los días para sufragar y mantener los miles de templos y pagodas que hay a lo largo y ancho del país. Encontramos constantemente los puestos para pedir limosna por doquier. En mitad de las carreteras, por las calles, en procesión recorriendo tiendas y casas... los beatos limosneros hacen sonar las monedas dentro de los cuencos plateados que portan, reclamando a la población más dinero para buda y sus seguidores. Doscientos metros más allá otro puesto limosnero, quinientos metros más allá otro... son insaciables... Por cierto, hacen sonar las monedas dentro de los cuencos, pero en realidad en este país no hay monedas. Sólo funcionan con billetes, es el primer país que veo en el que no hay monedas.

Luego aparece el gran buda, inmenso, colosal, recostado sobre la ladera de una montaña, rodeado de selva por todas partes. Cuando te vas acercando te das cuenta de que todavía es más grande de lo que parecía en un principio y la gente que anda a su lado parecen hormiguitas. Menuda obra faraónica.  Y cuando me aproximo a verlo más de cerca es cuando me doy cuenta de que está hueco y puedes entrar en su interior y ahí es cuando todavía me asombro mucho más, pues el interior está lleno de salas y pasadizos que te van conduciendo a lo largo y alto de la enorme figura.

 
Los Nats, los ángeles o espíritus guardianes birmanos
     En las salas que voy encontrando han recreado distintas escenas de la historia del país y de los textos sagrados utilizando fondos decorados y estatuas de tamaño real. Hay representadas escenas de nacimientos reales, de reyes y concubinas, de ángeles orientales, de batallas con elefantes, de grandes demonios cociéndo a la gente en grandes calderas y ensartándolos como pinchos morunos, es impresionante, tétrico y de gran realismo. La verdad es que impacta mucho porque además no me lo esperaba esto, nadie me lo había contado y en la guía sólo hablaba brevemente sobre el tamaño del buda, nada más.
Por eso mientras me voy internando por el laberinto de pasillos y de salas me voy sorprendiéndo cada vez más y más con las dimensiones de la figura y de todo lo que contiene en su interior. Hay escenas de gran realismo y además puedo ver que está inacabado y que cuando terminen de decorar su interior va a ser aún más espectacular.
Vagabundeo por los pasillos, subo y bajo escaleras que me van llevando a nuevas zonas aún sin terminar.





 Puedo contar cinco pisos de altura en su interior por los que me he ido moviendo pero no estoy seguro de que no haya más pues mi recorrido ha sido un poco anárquico y hay zonas con más altura, como los hombros y caderas y otras con menos, como la zona de las pantorrillas.






       Muchas salas están en penumbra y las estatuas de yeso blanco aún sin colorear tienen un aire muy siniestro. Estoy solo, perdido en alguna zona del interior del buda, en penumbras y rodeado de estatuas de aire amenazador... realmente da un poco de miedo estar aquí.
Una vez en el exterior veo que al otro lado del río, en la montaña de enfrente, han empezado a construir otro buda gigante con las mismas dimensiones. La estructura de hormigón empieza a tener la forma de otro buda recostado, simétrico al que me encuentro. Cuando esté terminado la imagen será impresionante, se convertirá en un lugar turístico de primer orden, de lo más visitado del país.


     Pero de momento apenas hay algunos paisanos y los turistas nos dejamos caer con cuentagotas por aquí. Es todo un descubrimiento de lugar. Cuando se lo cuento a mis amigos suizos con los que me voy encontrando ultimamente se arrepienten de no haber visitado este lugar y haber pasado el día viendo otras cosas menos espectaculares.
Disfruto el resto del día paseando por los tranquilos rincones de la ciudad colonial. Recuerdo que cuando  llegué a Mawlamyine me pareció que todo estaba un poco lejano y que tenía una configuración extraña. Ahora me parece una ciudad deliciosa, llena de sorpresas y con un aire melancólico.  Se está muy a gusto aquí, me quedaría unos cuantos días más y me dedicaría a vagabundear por los alrededores, aun no me he ido y ya siento nostalgia... Pero no puede ser, en dos días tengo que salir del país y volver a Tailandia a coger mi vuelo de regreso a España, o sea que tengo que volver a Yangón a buscar mi vuelo de conexión.


        La vuelta a Yangón me saca del aire de paz y tranquilidad que llevaba respirando durante los últimos días. Vuelvo a la gran ciudad y me encuentro a mí mismo sorprendido ante la intensidad y la vida que rebosa . La cojo con más ganas que cuando llegué aquí al principio del viaje y me voy a explorar zonas desconocidas. Ahí me encuentro con el lujo, con zonas residenciales de alto standing, el distrito de las embajadas, de los hoteles 5 estrellas, discotecas y bares de diseño. Un lujo que no había visto la otra vez que estuve en la ciudad y que contrasta enormemente con la miseria que se extiende por otras zonas de la ciudad donde la gente vive y duerme en las calles, sin apenas posesiones y creando su hogar bajo un toldo o junto a un muro donde cuelgan sus exiguas pertenencias. Pero incluso entre los sin techo hay categorías y hay unos niños viendo una película en un dvd portátil conectado con unas pinzas a una batería de coche. Aquí reparto los últimos bolígrafos y lapiceros de colores entre los niños. Es increíble la cara de alegría que se les pone por unos pocos lapiceros. En España los niños tienen absolutamente de todo pero todo les parece insuficiente y no aprecian la abundancia de la que disponen.


       Esther, que sabe de las penurias que pasa mucha gente, se trajo media mochila llena de ropa, juguetes y zapatos que su hija ya no puede usar e hizo felices a muchas, muchas niñas. Era para ver esos ojos... radiantes de felicidad al recibir los, para ellas, sus nuevos zapatos. También era emotivo ver los ojos de Esther, con una mezcla de felicidad y nostalgia al entregar la ropa de su hija, esa ropa para ella cargada de un valor sentimental, una etapa de la vida de su hija se quedaba allí en el pais y se convertía en un preciado regalo para niños desconocidos. Qué grande eres, tía...grande de corazón..


    Yangón se me aparece una ciudad fascinante y a pesar de sus miserias, de sus rincones pestilentes y rebosantes de basura, de su legión de perros callejeros que viven, crían y mueren en sus aceras, de sus calles salpicadas de escupitajos rojos de betel, de sus mendigos, de sus atronadores bares ocultos, de las camionetas abarrotadas de gente, de sus restaurantes callejeros alrededor de una mesa y cuatro banquetas mugrientas, de repente me doy cuenta de que bajo la bóveda de los árboles que la abrazan, la ciudad brilla con una luz especial que ya quisieran para sí ciudades con más renombre. Es el brillo de su gente, su buen humor, la sonrisa que proviene de esas caras maquilladas con la thanaka, la luz de esos ojos tan vivos, la dignidad para afrontar la vida de una manera sencilla cuando las circunstancias no son fáciles.

        
      La ingenuidad para reirse sonoramente al contemplar una telenovela birmana, la fuerza de esos cuerpos musculosos que no le temen al trabajo duro y penoso. Son gente curiosa los birmanos y a pesar de ser un país tan sumamente pobre tienen algo que nosotros en Europa hace tiempo que perdimos, la alegría de vivir. Y observándolos descubro que me he enamorado  de este país, el país de las mil sonrisas, el país donde los hombres llevan falda y los niños te saludan como si fueras una celebridad. Te hacen sentirte a gusto esta gente..


    
     El último día en el país lo dedico a recorrer a fondo el enorme mercado de Bogoyke Aung San para buscar y comprar algunas de todas aquellas cosas que fui viendo durante el viaje pero que no quise comprar por no tener que acarrearlas durante todo el camino. Me arriesgué a comprarlo todo aqui aunque fuese más caro y hubiera menos variedad para elegir, sobre todo me acordaba de las fantásticas tallas de madera que estuve viendo en Bagan y que tan a puntísimo estuve de llevarme en su momento ante el temor de no volver a encontrar nada igual. Pero me salió bien la jugada y en vez de una talla de madera me llevé tres, quizás no tan elaboradas ni de tanta calidad como las de Bagan, pero suficientes para mí.

 
    El precio no lo digo porque me da la risa. La próxima vez me envío un cargo porque este país tiene auténticas maravillas, los artesanos y artistas son buenísimos, pintores, músicos, escultores...levantas una piedra y encuentras algún artista. Lo único es que no sabría donde meter todo esto. Necesitaría una casa enorme, bueno, quizás cuando sea millonario algún día..

La tarde la paso en la Shwedagon Paya, la gran pagoda de la ciudad y nuevamente me dejo hechizar por su ambiente. La verdad es que acaba uno harto de tanta religión y tanto budismo. De tanto monje y tanta estupa y me da pena que esta gente tan estupenda esté tan manipulada por la religión y su vida gire en torno a ella, obsesivamente. Y aunque hay mucha gente que crea que no, yo pienso que el budismo es tan dañino para la gente como los fundamentalismos cristiano y musulmán. Se aprovechan igualmente de la gente. Mantener a los cientos de miles de monjas y monjes de este país, sus incontables templos y la codicia de la junta militar han empobrecido tremendamente al país que por otra parte se ve fértil, rico y lleno de recursos. Quizás algún día el pueblo diga basta.


     Después de casi un mes en Birmania la vuelta a Bangkok a coger mi vuelo me parece un puro trámite.
La encuentro una ciudad gigantesca y tremendamente ruidosa. Y aunque sé de sobras que es una ciudad fascinante, con multitud de ambientes y de cosas interesantes para ver y hacer, en este momento se me antoja bastante inhumana. Un entorno hostil para las personas ¿Será por esto que encuentro tanta diferencia entre los birmanos y los tailandeses? ¿O será porque aquí ya están excesivamente contaminados por el turismo de masas y los visitantes ya no encontramos aquí esa sensación de calidez  y hospitalidad con la que te reciben los birmanos?
No lo sé, pero a pesar de sus encantos, como enorme ciudad que es, Bangkok en este momento me parece una ciudad hostil, la ciudad de Blade Runner, prototipo de ciudad del futuro, inmensa, ruidosa, contaminada, plagada de tráfico, surcada por autopistas urbanas que cruzan la ciudad por las alturas, por encima de nuestras cabezas, sobre pilonas de hormigón, sin zonas verdes y distancias tremendas, sólo amenizadas por los puestos de comida callejera y la multitud de tiendas que se extienden por la ciudad, el inmenso mercado al aire libre.

   
       Es noviembre y es luna llena. Hoy celebran el Loi  Krathong, el festival de las luces y de los espíritus del agua. Es la noche donde la gente hace sus ofrendas al río y pide sus deseos y a su vez se desprende de las cosas malas, de los malos pensamientos arrojándolos al río para que sus aguas se los lleven lejos y sus vidas sean más felices. Los barcos ornamentados con miles de lucecitas como las de navidad ya estaban preparados ayer en los distintos puertos fluviales a la espera del gran desfile que recorrerá el río Chao Praya y los loi khom o globos de papel con una vela dentro a modo de linterna volverán a surcar los cielos de todo el país, dándoles un aspecto mágico. Las ofrendas florales y las lamparillas volverán a flotar aguas abajo llenándo con más luz incandescente la superficie del río.

 
    Realmente será una noche mágica, pero ya no estaré aquí, por apenas unas horas no la voy a ver, pues mi vuelo es esta mañana.
Qué casualidad, cuando viene a Tailandia por primera vez en 2008, llegué precisamente la noche del Loi Krathong y hoy, 4 años después, me voy del país el día en que vuelve a celebrarse... Adiós Bangkok, hasta otra ocasión, sé que volveré a recorrer tus calles.



     A la vuelta el cielo me hace un gran regalo. No hay apenas nubes y puedo contemplar Birmania desde el aire, sobrevolamos Mawlamyine, con sus selvas interminables, donde el agua se desborda en incontables hilos creando bellos dibujos solo visibles desde el avión.  Luego la devastación, hay enormes zonas del país completamente deforestadas, se aprecia el sistema radial mediante el que avanza la tala de los bosques, que han sido sustituidos por gigantescas parcelas de cultivos.
Luego un gran regalo. Sobrevolamos el gran río Ayeyarwady, el padre del país, y puedo apreciar la enormidad del río desde el aire. Veo perfectamente las enormes islas arenosas arrastradas por las sucesivas crecidas del río y que a nivel del suelo tan sólo podía intuir su existencia. Estamos atravesando la llanura central birmana, la gran planicie arenosa del país, la que recorrí en su día con mis compañeros de viaje. Luego otra gran franja de montañas selváticas se extiende durante kilómetros y kilómetros sin ninguna población ni carretera. Es territorio virgen.
Realmente estoy disfrutando de la vista, las zonas prohibidas del país, regiones remotas a las que no tiene acceso el turismo están ahí, a vista de pájaro.
Más tarde aparece un mundo semiacuático, semiterrestre. Hay canales serpenteantes por todas partes. El gran río corta el terreno en dos partes y multitud de canales serpentean fragmentando aún más el terreno, tierra nueva que aparece en el mar, cinturones de islas alargadas y sedimentos disueltos que se van acumulando creando un festival de formas y colores, de densidades y solideces. Se ve perfectamente como la tierra le va ganando espacio al mar, formando nuevos territorios, creando diseños de formas fractales...
He tenido vuelos muy bonitos, pero este me está sorprendiendo mucho. Es un vuelo marcadamente geológico, estoy disfrutando muchísimo de la visión de estas estructuras geológicas que solo pueden divisarse desde estas altitudes. La costa oeste de Myanmar es impresionante.


 Luego sobrevolamos otra zona de paisaje irreal, donde tierra y agua se disputan el dominio del suelo. Estamos sobre Bangladesh y lo que estoy viendo es el colosal delta del Ganges, que aquí se deshace en multiples bocas alimentado por las aguas de otro gigante, el río Bramahputra, con el que se funde en estas latitudes para formar uno de los suelos más nuevos e inestables del planeta.
Me conmueve ver tanta agua dulce. Yo vivo en una de las zonas más desérticas de un país muy árido y ver estas cantidades colosales de agua dulce me produce mucha envidia.

Al fondo, cerrando el horizonte se levantan majestuosas las cumbres de los Himalayas con sus hielos perpetuos, acompañando nuestro vuelo durante mucho tiempo. Estoy viendo el techo del mundo, estoy viendo la gran pirámide del Everest y toda una legión de cumbres menores que él, aunque igualmente magníficas.


    Luego el cielo se cierra, las nubes se apoderan del paisaje y cuando vuelven a abrirse no tengo duda de lo que estoy viendo allá abajo. Veo el torturado y escalofriante paisaje de Afganistán. Sus peladas y agrestes montañas marrones y rojizas, desnudas de vegetación... parece mentira que pueda haber vida allí abajo, pero unas extrañas estructuras geométricas delatan la existencia de vida humana.
Las montañas afganas se hacen más altas, entramos en el Pamir y el Hindu Kush y el marrón rojizo se transforma en el blanco inmaculado de las nieves perpetuas. La visión es extraordinaria, kilómetros y kilómetros de ininterrumpidas montañas y valles inmaculadamente blancos, sólo rota su continuidad por algún peñasco rojizo que se asoma sobre el oceano de montañas blancas. Qué bello espectáculo. Es una visión muy hermosa, aunque en realidad sea un territorio todavía más inhóspito que el que acabamos de dejar atrás. Eso sin contar las tragedias humanas que se viven allí debajo, tragedias creadas por idealismos enfermizos y la avaricia de americanos, rusos y talibanes y que mantienen a este pueblo bajo el yugo de tiranos que se van alternando en el poder.
Finalmente la noche consigue alcanzarnos cuando estamos sobrevolando las hermosas y poderosas montañas nevadas de Georgia, con el monte Elbrus destacando sobre todas las demás cumbres allá al fondo, la montaña más alta de Europa, más alta que el legendario Mont Blanc. Y finalmente, tras haber recorrido medio mundo, tras trece horas de vuelo, veo la luna llena reflejándose en las aguas de los canales de Amsterdan. He llegado a Europa de nuevo, casi he completado la vuelta. Un viaje maravilloso, disfrutando de sobrevolar las más altas cimas del planeta y salvando las distancias esto me hace acordarme de que en unas cuantas horas estaré sobrevolando mis queridos Pirineos, de vuelta en casa...

Ya vuelven las grullas de su largo viaje otoñal