viernes, 23 de noviembre de 2012

Objetivo Birmania 6 : Un bicho raro




     
Miro mis manos, están llenas de oro. Alguien me dice que también tengo la cara y el pelo lleno de oro.
He estado tocando la Roca Dorada y apoyando mi cara en ella para sentir la energía de este lugar, es el sitio más sagrado del país junto con la Shwedagon Paya de Yangón. Dicen que esta roca es como el corazón de este país y que la mayoría de los birmanos sueñan con visitarla alguna vez en su vida.
Es una gran roca casi redonda, que desafía la gravedad, asomándose peligrosamente al vacío y apoyada tan solo en un pequeño punto (ellos dicen que sujeta por un pelo de buda). La gente viene aquí en peregrinación y pegan laminillas de papel de oro que es lo que le da su color y que es lo que ha teñido mis manos y mi cara al apoyarme en ella. Hasta yo mismo no he sido capaz de resistirme a la magia del lugar y he comprado unas laminas de oro para pegarlas aquí, me hace mucha ilusión dejar mi pequeña huella en este lugar tan especial del país.

  
   
Pero no todo es especial, no a mis ojos... Como todas las religiones, el budismo también es machista en este lugar y las mujeres no pueden tocar la Roca.  Los hombres cruzamos un pequeño puente sobre una grieta y accedemos a la roca sobre la que se apoya la Dorada. Las mujeres tienen que conformarse con mirarla y hacerle ofrendas desde dos plataformas laterales.
El ambiente es por una parte bastante místico pero también es muy festivo. Las familias descansan tiradas por el suelo de la plaza que da acceso a la Roca. La gente come y ríe en compañía de los suyos. Hay varios hostales de peregrinos en la plaza de mármol, de la que parten varias calles llenas de tiendas y otra calle sólo de restaurantes. Desde la puerta de estos restaurantes se asoman unas chicas muy guapas que llaman a los posibles clientes, todas a la vez, creando una extraña melodía y compitiendo a ver quién se lleva a los clientes.

    
A veces la niebla cubre la Roca y la gran explanada que la circunda. Cuando la niebla se dispersa aparece el paisaje circundante, espectacular, una enorme visión panorámica de valles y colinas completamente cubiertos de bosques.
Llegar hasta estas alturas fue una pequeña odisea, aunque divertida. Cogí un autobús al poblado de Kinpun, para desde allí subir al Monte Kyaiktiyo, donde se encuentra la Roca Dorada.
Afortunadamente hay buenos hoteles en el poblado y nos vienen a buscar al autobús, como en los buenos tiempos. Empezaba a estar harto de tener que preocuparme de reservar con antelación, aunque en realidad nos la hemos jugado en los últimos destinos y hemos acudido sin reservar. Pero es que todo el mundo te dice que está todo completo y que han tenido problemas para encontrar hotel y nosotros también lo tuvimos un poco complicado en Mandalay o sea que estaba contentísimo de que vinieran a buscarnos al autobús y me ofrecieran un estupendo y nuevo bungalow por tan solo 15 $. Alberto y Cecilia cancelaron la reserva que tenían en otro hotel de los que salen en la guía y se vinieron a otro bungalow de estos bonitos.

  
Los camiones salen cuando se llenan completamente
Para subir al monte hay que coger unos camiones que tienen tablones cruzados para sentarse (ahora los han acolchado) y no salen hasta que no están llenos y cabemos unas 50 personas. Íbamos como sardinas en lata, hombro contra hombro y las rodillas tocando el culo del que se sienta delante. Pero lo mejor estaba por llegar... la carretera de subida es impresionante, con subidas de casi un 20% de desnivel y curvas de 180 grados. Parecía que íbamos en una atracción de feria, en la montaña rusa, porque además el conductor no iba despacio precisamente. En algún momento pensé que íbamos a volcar.

    

Peregrinos
 La verdad es que a veces te preguntas por qué no pasan más cosas, porque en realidad te estás poniendo en manos de unos chavales que van puestos hasta arriba de nuez de betel, que por una parte les despeja la mente pero por otra parte les provoca un buen colocón.
Es impresionante la cantidad de gente que masca betel en este país, hombres, mujeres, jóvenes, adolescentes.. lucen bocas rojas cual vampiros y a muchos les faltan casi todos los dientes debido a esta droga. Realmente resulta asquerosa.. entre los enormes escupitajos rojos que estucan los suelos de todo el país y esas bocas tan asquerosamente feas...no me los puedo imaginar besándose, mucho menos pensar en besarlos...buuufff...

   
Después de casi una hora de curvas, vaivenes, rampas y cuestas, el camión nos deja en un punto donde hay que seguir a pie. La pendiente de subida es espectacular y cuesta mucho esfuerzo subir. Para los que no quieren o no pueden subir por si mismos, por una asequible cantidad de dinero, cuatro paisanos te suben montado en un palanquín de bambú, como un marajá con sus porteadores.
El camino está flanqueado de tiendas de las cuales destacan especialmente las de medicinas chinas con unos caldos sospechosos preparados con escolopendras y una mezcla de maderas y de hierbas.

  
Dicen que es bueno para la piel. No me lo imagino, no suelen darme grima los bichos pero si hay uno al que le tengo bastante respeto y me da mucho repelús es precisamente la escolopendra. Que no cuenten conmigo para probar este caldo.
También tienen expuestas las cabezas de unos extraños ciervos, pieles de lo que parecen ser una variante asiática de ocelote o de jineta, y lo que es peor... en otra tienda encontramos las zarpas de varios osos negros asiáticos... en fin, vamos a acabar con todo, somos muchos y lo depredamos todo a nuestro paso. Ni que decir tiene que no nos dejan hacer fotografías.

   
Después de la tremenda subida llegamos a lo alto de la montaña y allí, entre nubes, muy cerca del cielo, brilla la gran roca de oro.
Al día siguiente me voy a recorrer uno de los numerosos senderos que se pierden por estas montañas. Alberto y Cecilia se han ido a Mawlamyine con la pareja de alemanes con las que me junté estos días. Yo decido quedarme un día más en Kinpun, se está bien y no me apetece correr más. Ya estoy en el tramo final del viaje y empiezo a tomármelo con más calma. Me despido de ellos, estuve muy a gusto en su compañía.

   
Tomo el sendero y dejo atrás la aldea. Empiezo a encontrarme con casas muy curiosas dispersas por el bosque, como un poblado selvático. Algunas son de madera, pero la mayoría están completamente hechas de bambú. Hace mucho, muchísimo calor , no dejo de sudar constantemente, estoy completamente empapado. El sendero es muy empinado y atraviesa bosques de bambú. Los extraños cantos de los pájaros acompañan la fatigosa subida.


El calor y la excesiva transpiración me dejan exhausto. Alcanzo un monasterio y descanso un rato a la sombra. No puedo seguir avanzando así, decido volver.

  
Para terminar de pasar el día decido coger una camioneta y me voy al pueblo Kyaikto, a 10 km. de la aldea de Kinpun. Es el lugar de paso obligado para llegar al desvío que conduce a la Roca Dorada. Los turistas pasan por allí, pero no se quedan. Enseguida me doy cuenta.

La sensación es extraña. Todos me miran, flipan conmigo, se vuelven y me miran descaradamente. Parece que nunca vieron un turista de cerca. Soy un bicho raro para ellos. Hasta ahora si saludabas a alguien te devolvían el saludo y te ofrecían una sonrisa, pero aquí están demasiado sorprendidos, no se les ocurre el devolverte el saludo, sus caras demuestran perplejidad, como si no fuera real el que estés ahí, como si fueras un personaje de la tele. Me empieza a incomodar un poco la situación.

  
Me recuerda a cuando eramos niños y en España no había inmigrantes. En la ciudad en que yo vivía había una base americana y de vez en cuando veíamos algún negro americano por nuestro barrio, no dábamos crédito, era rarísimo, el acontecimiento del día...  Pero ¡¡ si cuando llegaba la navidad y salían los reyes magos, Baltasar era un tío pintado de negro...!!  no había negros en España... bueno, y ver un chino, eso ya no era ni raro, directamente era imposible. Pues así me sentía yo aquel día. Algún estudiante de los que en ese momento salían del colegio aún se atrevía a decirme hello, pero la mayoría murmuraban y se sonreían al verme. A algunos niños pequeños les daba miedo y cuando me veían acercarme se metían corriendo a sus casas.
Andando, andando llegué a un estadio de fútbol y me invitaron a pasar o sea que allí me metí a ver qué había y todos los espectadores se me quedaron mirando jajaja.... que situación, tierra trágame jajajaja... Pero se acercó un futbolista que hablaba inglés a charlar un rato conmigo y ya empezó el partido y se olvidaron de mí, afortunadamente.
Perdí la última camioneta de vuelta al poblado y tuve que pillar una moto. Estos días me estoy moviendo mucho en mototaxi porque al estar solo es la manera mas práctica y económica para moverme.

   
La sorpresa me la llevé al llegar al hotel. Allí estaban Grego y Sonia, los chicos de Almería con los que estuve cenando la última noche que pasé en Bagan. Yo creía que eran pareja y resultaron ser hermanos. Nos fuimos a cenar juntos. Parece ser que voy a hablar más español de lo esperado, al menos por ahora.
A la mañana siguiente me encuentro a Alfons, de Manresa. Empezamos a hablar en inglés hasta que nos dimos cuenta de que los dos hablábamos español jajaja... parecía un chiste. El día de antes, el del tremendo calor, Alfons había subido a la Roca Dorada andando por senderos durante más de 5 horas y salvando los casi 1000 metros de desnivel, buff, que machada, parece que me estoy haciendo mayor.

 
Soy el único extranjero en el autobús a Mawlamyine. El paisaje empieza a tornarse más exuberante, muy verde, las montañas boscosas delimitan al fondo los campos de arroz y de sandías. Algunas partes del camino son realmente bonitas aunque sin ser ninguna maravilla. Pero es que los paisajes de este país no destacan especialmente, al menos en la zona que yo he visitado. Tenía otra idea del país. Lo mejor sin duda es su gente porque  paisajísticamente se queda escaso y los precios son mucho más caros que cualquier otro país del sudeste asiático.
Por fin  aparece el mar, aunque más bien parece un enorme río. Es el estuario del río Thanlwin cuyas aguas marrones cargadas de sedimento desembocan aquí, creando la isla de Bilu Kyun, conocida también como la isla del Ogro. Los barcos y ferries navegan bajo el enorme puente que une las dos lejanas orillas.


Después de tantas horas viendo campos, la imagen de semejante estuario rodeado de verdes montañas es bastante impactante. Al fondo la ciudad de Mawlamyine, camuflada entre del verde de los arboles y con su colina salpicada de relucientes pagodas doradas. La ciudad promete. Fue la capital de la Birmania británica y aquí vivió George Orwell durante varios años. También hay muchos hindúes y musulmanes y en las calles hay bastantes gopuram, los templos piramidales del sur de India, y también varias mezquitas.
Las dimensiones de la ciudad engañan y todo está mucho más disperso de lo que parece en los mapas... La primera impresión es que todo está lejísimos y que voy a tener que andar mucho. La configuración de la ciudad es algo extraña y en sus calles abundan los edificios coloniales ya decrépitos por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento.

  
Hay enormes árboles por las calles pero no son suficientes para mitigar el intenso y húmedo calor. Es una pena que a pesar de tener el mar ahí mismo no haya ninguna playa, ya que la isla del Ogro hace de barrera al mar abierto y son las aguas del río las que se imponen en el estuario.
Caminando llego a la cima de las pagodas, el punto más alto de la ciudad y puedo apreciar la geografía del lugar. Las vistas son tremendas. Unos niños que vienen a curiosear me dicen que las montañas que se ven al fondo son Tailandia. Miro el mapa, seguro que si, la distancia que abarca la vista desde aquí arriba es enorme.
Abajo en la ciudad hay una prisión. Ocupa una gran superficie. Los barracones están organizados de forma radial, como Carabanchel o la Modelo, con sus tejados de zinc oxidados... el espacio entre pabellones está ocupado por huertos y con el zoom de la cámara puedo ver como los presos trabajan el huerto.

  
Por la noche me vuelvo a encontrar con Alberto, Cecilia y los alemanes. Me llevo una gran sorpresa porque pensaba que se habían ido, pero habían decidido quedarse una noche más en Mawlamyine y me alegré mucho de volver a charlar con ellos. Además empezaba a echar de menos poder hablar en español.
Al día siguiente me voy de excursión a la isla del Ogro, territorio del grupo étnico Mon. Decido irme en una excursión organizada porque me resulta más fácil que tener que buscar y organizarme todo el transporte por la isla teniendo un tiempo tan escaso. Lo único que tengo mala suerte es con los compis de excursión porque resultan ser 3 americanos y un sudafricano, que tienen un inglés bastante difícil de entender y además hablan demasiado rápido para mi. Me entiendo más o menos bien con los paisanos y los turistas europeos, pero con los americanos hablando entre ellos me resulta muy difícil. Bueno, al menos viene también un suizo con el que hablo algo, pero no es un tío de muchas palabras.

  
Era difícil moverse por el ferry, con todo este barullo
Cruzamos el estuario con un ferry bastante caótico. Está lleno de mujeres que portan bandejas con frutas y comida en sus cabezas. Otras muchas están sentadas por el suelo comiendo fideos, arroz, curries, las gallinas están atadas a las sogas del barco...los rincones llenos de sacos y de bultos embalados..parece un mercado. Tardamos una hora en llegar a la isla. Es muy exuberante, la vegetación tropical y los poblados Mon entre la selva. También hay muchas plantaciones de caucho y de arroz en los sitios abiertos. La combinación de poblados, cultivos y selva es muy armoniosa.


  
Visitamos las plantaciones de caucho y vemos cómo recogen el látex y lo cuecen, lo colorean y lo untan en una especie de cilindros de madera que me recuerdan a las patas de las mesas. Es el molde, ahí se seca el látex y extraen los cilindros de colores que luego colocan en unas rudimentarias máquinas cortadoras de poleas, y trocean los cilindros de látex transformándolos en gomas elásticas. Es impresionante, hay millones de gomas de colores que parecen montañas de fideos multicolores. En la zona también hay hogares que se dedican a la fabricación de cuerdas y alfombras hechos a base de fibra de coco. Las fábricas son del tamaño de una casa, dando trabajo a los miembros de la familia.
En otras casas fabrican pizarras de piedra para los escolares, en las cuales se escribe con los mismos recortes de la piedra que se usan a modo de tiza. Muy curioso.
Luego vemos cómo fabrican artesanalmente diversos objetos sencillos de madera como bastones y pipas de fumar. El ambiente que se respira en los poblados de la isla es de lo más agradable.

  
Con el tuk-tuk primero y después con el enorme camión Chevrolet de 60 años vamos recorriendo la isla y llenando de bellas imágenes nuestras retinas. Flores de loto crecen en las lagunas, caen las gotas del látex en las vasijas, los búfalos tiran del arado en el arrozal, de la casa de madera nos llega una sonrisa, hello dicen los niños al vernos pasar, la moto que nos quiere adelantar piii, piii, piii....déjame pasar y cae la gota de látex, piiii piiii piii aún no he podido pasar. Explosión de verde y blanco, la salida del colegio, el uniforme nacional, una riada de colegiales sobre bicicletas, largas cabelleras de azabache se derraman sobre el blanco inmaculado de sus camisas, faldas y pantalones verdes. La gallina y sus pollitos junto a las casas, la abuela cortando el bambú con su machete, hello nos vuelven a llamar, los cebúes rumian la hierba y los pájaros rebuscan en sus jorobas. Las palmeras recortando el horizonte, los monjes andando descalzos por el arcén, miradas furtivas enmarcadas de amarillo de thanaka desde las casas, hello, hello, hello... se repite sin cesar.

 


Llegamos al embarcadero, toca volver en un ferry de barcaza, subidos en el techo entre motos y paisanos. Los gigantescos y verticales cúmulos con forma de coliflor traen el recuerdo de tormentas lejanas. El cielo se tiñe de naranja y las caras se llenan de sombras. Al fondo aparece la ciudad, abrazada por el verde. En lo alto relucen las pagodas doradas, se respira paz, todo está bien.

                            


domingo, 18 de noviembre de 2012

Objetivo Birmania 5 : La llanura de los cuatro mil templos



    Los hornos no dejaban de cocer ladrillos ni de día ni de noche. A la zona habían llegado los mejores arquitectos, albañiles y artesanos del reino.  El rey Anawratha recientemente se había convertido al budismo y decidió construir algo digno de la enorme vocación que había encontrado.
Cada dos semanas se empezaba a construir un nuevo templo y durante los 200 años que duró este periodo constructivo se levantaron más de 4000 templos, pagodas y otras edificicaciones de las cuales muchísimas han llegado hasta nuestros días.
La construcción de los templos de Bagán duró desde el siglo XI hasta el XIII.

  
En la gigantesca llanura del río Ayeyarwady no hay rocas. Sólo los enormes depósitos arenosos que el río ha depositado durante millones de años en su descenso desde los Himalayas birmanos que lo vieron nacer. Año tras año, las ingentes cantidades de sedimentos que va arrastrando el río van formando enormes islas arenosas que desaparecerán e irán cambiando de ubicación con las nuevas crecidas del río, hasta que finalmente toda esa arena llegue a su destino final: el delta del Ayeyarwady. Toda la roca descompuesta de la cadena del Himalaya, se verá reducida a fina arena al final del viaje y será depositada en la desembocadura del río, creando tierra nueva, ganándole espacio al mar poco a poco.
Pero toda la llanura central del país se compone de esta fina arena y al no haber otro material de construcción los templos se hicieron de ladrillo y estuco. Unos, grandes y hermosos y otros más modestos, pero todos con el mismo fin, honrar al nuevo dios.

 
Yo estaba contentísimo. Había llegado a mi destino más preciado en Birmania. Fue al ver la imagen de estas innumerables pagodas de ladrillo rojo sobresalir desperdigadas por la llanura verde cuando se encendió una chispa en mi cabeza. Era un lugar especial, un sitio único, un lugar de los que me gustaría ver en mi vida. Y por fin había llegado. Estaba allí, estaba dentro de la postal con la que tantas veces había soñado....





Para llegar hasta allí nos lo tomamos con calma, no había prisa. El primer día volvimos de Hsipaw, la ciudad indígena de las montañas, la capital de los pueblos Shan. Allí fue donde vivimos el terremoto.
  
   
Atravesando el sobrecogedor viaducto
Cogimos el tren pues nos apetecía probar otro medio de transporte y decían que el trayecto hasta la estación de montaña de Pyin U Lwin era bastante bonito.  La verdad es que no fue nada del otro mundo pero si que hay un punto digno de ver... el estremecedor viaducto de Gokteik...
Antes de llegar a Pyin U Lwin el río ha tallado un profundo y ancho desfiladero  y cuando se creó esta línea férrea en 1901 los ingenieros de la época diseñaron este largo viaducto de 700 metros de longitud y una enorme caída al vacío. Impresiona verlo cuando el tren toma la curva antes de avanzar hacia él. Ahí reduce al mínimo su velocidad y entra al viaducto realmente despacio... el viaducto no tiene ninguna protección lateral, no hay arcos, ni barandas, ni tirantes.... solamente son los raíles de la vía apoyados sobre las columnas que lo sustentan... toda una obra de ingeniera en su época, pero que da mucho respeto hoy en día.. El tren avanzaba despacio y el suelo desapareció de repente, estábamos a muchos metros de altura sobre el barranco cubierto de bosques, más abajo aún estaba el río.
La gente sacó sus cámaras y empezó a hacer fotos de tan pintoresco lugar. Pero el jaleo inicial pronto se convirtió en silencio total. El miedo se sentía en el aire y hasta se podía oler a caquita... Se hicieron interminables los minutos que el tren demoró en recorrer lentamente los 700 metros de aquel vertiginoso y aéreo trayecto.
El tren era todo menos suave y sus movimientos eran de vaivén y de traqueteo, pero al final llegamos hasta la estación que habíamos elegido para dejar el tren y allí supuestamente íbamos a pillar un autobús que en una hora nos llevaría a Mandalay.

  

Típico transporte pick-up, en este caso un camión
 El supuesto autobús no era otra cosa que una furgoneta pick-up de esas en las que habíamos visto viajar a los paisanos tantas veces, siempre abarrotadas de gente, con personas sobre su techo y otros por fuera y de pie en la parte trasera... jajajaja... no podía ser, pero si, así es como se viajaba aquí y si queríamos ir a Mandalay en relativamente poco tiempo es lo que tocaba.
La verdad es que aparte de la incomodez nos reímos muchiiiiisimo y lo pasamos muy bien. Esther y yo  nos metimos dentro y teníamos que ir con la cabeza agachada para no darnos con el techo tan bajo y las mujeres que iban dentro se reían y hacían gracias con nosotros. Nos reímos muchísimo. A Alberto lo dejamos en la parte de arriba sentado sobre unos sacos de ajos en compañía de dos monjes budistas. Me acordé de él porque pensé que arriba y en marcha tenía que hacer bastante frío.


 En una parada que hizo el bus para que fuésemos al baño bajaron tres personas completamente tapadas de rojo, dos eran los monjes, el otro era Alberto que se había puesto una capa de lluvia roja y que parecía que la iglesia le había convencido para que siguiera sus pasos...se camuflaba perfectamente con sus acompañantes...







   Volvimos a la conocida Mandalay, con sus ruidos y sus humos, atrás había quedado la tranquilidad de las montañas de Hsipaw, pero es que al día siguiente debíamos coger un barco que nos llevaría siguiendo el río hasta Bagán, nuestro siguiente destino.
Era un barco bastante grande y lleno de turistas, allí coincidíamos los viajeros que íbamos por libre y los grupos organizados de turistas.
Fue una travesía muy agradable, lenta y perezosa como el gran río.

Fluíamos lentamente, cruzándonos con barcos de carga, con botes de pesca, con algún que otro ferry de viajeros locales y allí siempre a lo lejos, en la orilla o en las islas cercanas, siempre encontrábamos algo de vida, un asentamiento, unas cuantas cabañas fugaces que ya no podrán seguir ahí en la próxima crecida, los búfalos de agua bañándose en las orillas del gran río...


 Y así poco a poco, monótonamente pasaron las horas y tras 9 horas de navegación llegamos a la gloriosa Bagan, mi última etapa en compañía de estos chicos.

El tiempo no se portó demasiado bien. El primer día estuvo completamente nublado pero el segundo día estuvo lloviendo intermitentemente durante todo el día, a veces con bastante intensidad.







 
Alquilamos unas bicicletas y con ellas nos dedicamos a explorar los tres grandes asentamientos de templos que se extienden sobre una extensión de  40 kilómetros cuadrados. No sabes por dónde empezar, porque de las carreteras principales salen innumerables caminos arenosos que llevan a los pies de grupos de templos. Es laberíntico, una vez que sales de la carretera hay cientos de caminos que se entrecruzan para llevarte a los distintos lugares. Llega un momento en que pierdes la orientación. Era maravilloso, estaban por todas partes. Pronto nos dimos cuenta que cada uno de los tres llevaba su propio ritmo de exploración por lo que mejor sería separarnos y verlos cada uno a nuestro aire. Alberto estaba más interesado en buscarse alojamiento y transporte para volver a Yangón que en los templos en sí mismos y Esther y yo nos perdíamos constantemente y era mejor que cada uno se tomase su tiempo en observar lo que más le gustase. O sea que los dos días en Bagán estuvimos cada uno por nuestra cuenta.


 
  Ver por dentro algunos de los mejores templos y pagodas era realmente interesante. Algunos estaban profusamente ornamentados, otros eran más sencillos, se podían distinguir las distintas etapas y como con el paso del tiempo se fueron perfeccionando e incorporando técnicas arquitectónicas traídas desde India. Las esculturas y los frescos que adornaban sus muros, los restos de estucos que un día adornaron sus paredes...
Pero a mí lo que en realidad me gustaba era subir por las empinadas escaleras que permitían en muchas de estas pagodas subir hasta arriba, hasta lo más alto del zócalo desde el que arrancaba la estupa.
Desde ahí arriba, por encima de la línea de los árboles podía ver como cientos y cientos de estupas sobresalían con sus torres rojas conformando uno de los paisajes humanos más irreales y fantásticos que uno pudiera imaginar. Estaba allí viendo esa imagen que tanto había deseado contemplar. La luz no acompañaba, no era el sol el que alumbraba aquella escena haciendo brillar el rojo y el verde, sino la luz difusa del cielo cubierto, suavizando las sombras de las formas de los templos y difuminando la imagen hacia el horizonte. No era como yo lo había imaginado, pero igualmente estaba allí disfrutando de ese estupendo espectáculo.

 
Por fin pudimos quedar y conocer a Catherine, una chica que viajaba sola y con la que había contactado en el foro de Altair  y que por un día de diferencia no habíamos podido quedar todavía con ella. Iba a estar menos tiempo que nosotros y llevaba un plan de viaje muy apretado al igual que Esther por lo que era imposible demorar ese día de diferencia sin que nadie saliera perjudicado. Pero al final conseguimos quedar una tarde que coincidíamos en Bagán y conocí a esa persona con la que me había escrito e intercambiado información y que de una manera u otra también había influido en el desarrollo de nuestro viaje. Resultó ser encantadora y a la noche siguiente volvimos a quedar a cenar con ella y con otra chica española que también apareció por allí, Esther. Y cuando estábamos cenando los 5 también apareció una parejita de Almería que conocía Esther y se unieron a nosotros. O sea que allí estábamos, 7 españoles cenando juntos, cada uno de un rincón del país pero todos unidos por aquella noche junto a una mesa en Birmania. Aquella noche tan acompañado y en pocas horas me quedaría solo...

 

Los Chinthe, centinelas de los templos, mitad león, mitad dragón
 Nos despedimos de Alberto, él ya se iba por libre a Yangón para volver a Bangkok como había estado planeando todo el viaje. En realidad él no estuvo metido nunca en el viaje a Birmania, pues siempre andaba pensando y hablando en los próximos viajes que haría o en si se quedaría aquí o se iría allá, una pena.
Era el último día en que estaría con Esther y decidimos alquilar un taxi y visitar el Monte Popa, el hogar de los Nat, los espíritus protectores de Birmania. Cuando trazamos la ruta final que íbamos a llevar dejamos el monte Popa de comodín, por si nos hacia falta el día para otra cosa. Pero finalmente íbamos a poder cumplir el plan previsto y ver todo lo que nos habíamos propuesto. Todo iba magníficamente.
Por el camino vimos cómo todavía sacaban el aceite de cacahuete con molinos artesanales movidos por bueyes. O cómo trepaban por las palmeras azucareras y cortaban las flores machos y recogían la dulce savia del árbol, la cual luego dejan solidificar y forman unos curiosos y característicos azucarillos marrones muy empalagosos.
 
   
Extrayendo el aceite de cacahuete
El terreno fue cambiando y por fin dejábamos la llanura arenosa del Ayeyarwady atrás. Empezaban a aparecer montañas otra vez y tras unos cuantos kilómetros el Monte Popa apareció en todo su esplendor. Era imponente. El antiguo cráter donde se levanta está cubierto de vegetación y sobre un monolito rocoso de unos 200 metros de altura se levantan los templos hogar de los Nat.
Los Nat son los antiguos dioses de los birmanos. Son espíritus que viven en los árboles, en las montañas, en el agua y que protegen o castigan y poseen a los humanos o les ayudan a conseguir lo que quieren.
Pero cuando el rey Anawratha se convirtió al budismo (el que empezó a construir los templos de Bagan) decidió eliminar el culto a los Nat y destruyó sus templos. Pero la población no se inmutó y siguió adorando a los Nat construyendo templos en sus hogares. El rey que vio que iba a perder esta batalla fue astuto y añadió un nuevo Nat a los 36 ya conocidos. Este nuevo Nat fue designado como el rey de estos espíritus y además adoraba a Buda...por el que el plan del rey funcionó y los Nat quedaron subordinados al budismo. Como todas las religiones, esta no iba a ser menos y se apropió de cultos ancestrales y los transformó para adaptarlos a sus nuevas creencias.

  
El Monte Popa, hogar de los Nat
La visita fue muy interesante. Las largas escaleras están flanqueadas por montones de monos, macacos bastante pedigüeños y con muy poca vergüenza como suele ser habitual en estos monos que viven con y del hombre. Normalmente iban a lo suyo, buscando una comida fácil, un descuido de alguien que deja algo momentáneamente, las madres mono dan de mamar a sus cachorros pacificamente, pero alguna vez sale algún mono más macarra y uno se puso un poco pesado con Esther y como parece ser que estos monos se crecen con el que les tiene algo de miedo pues... me tocó intervenir y amenazarlo a lo que él respondió con otra amenaza hacia mí, pero como casualmente había una escoba por allí, la agarre y en cuanto le amenacé con darle un escobazo se tranquilizó el animalito... La gente que trabaja allí va con un tirachinas y con un par de piedras, y los vendedores de frutas y dulces tienen que estar alerta y tienen un palo a mano, aun así, siempre consiguen robarles algo de fruta.
La visión desde lo alto del monte era enorme, las montañas enmarcaban la enorme planicie del río Ayeyarwady y el viento movía y hacia sonar la multitud de campanillas que adornan los remates de las estupas, las llamadas sombrillas. Era una sensación muy agradable, aunque el viento era frío. Ya descubrí de dónde viene la expresión viento en Popa..
Estábamos en uno de los lugares más venerados del país y aunque en lo alto de la cumbre todos los templos están inexplicablemente dedicados a Buda, abajo hay una sala donde tienen una representación de los 37 Nats,  una representación mucho más humana de lo que uno se pudiera imaginar.

  
Pero el tiempo pasa y todo se acaba. Cogimos el autobús que nos llevaría a Esther y a mí de vuelta a Yangón. Eran nuestras últimas horas de viaje juntos. Con la llegada a la estación de autobuses cada uno seguiría su camino. Ella se quedaba allí, mañana tendrá su vuelo a España, de vuelta a su vida diaria, junto a su queridísima hija a la que no ha olvidado en ningún momento. Gracias Esther, gracias por compartir este viaje conmigo, has sido una estupenda compañera  y has enriquecido mi viaje con tu inteligencia, tu sensibilidad y tu buen humor. Te echaré de menos en esta nueva etapa que comienza para mí.
Yo en la estación de Yangón tomé otro autobús que me ha traído hasta Bago, una ciudad que está en la ruta hacia el sur que voy a tomar en esta última semana que me queda antes de volver a Yangón para esta vez sí, volver a Bangkok  también a esperar mi vuelo de vuelta a España.
Nada más llegar al hotel en Bago encontré a un chico español, que también se llama Alberto. Está con Cecilia, una chica alemana con la que vive en Madrid. Nos hemos juntado y hemos alquilado un tuk tuk los tres para que nos llevase a ver los puntos más interesantes de la ciudad, una enorme boa de 118 años de edad y más de 200 kilos de peso que se supone es la reencarnación de un monje superior. La verdad es que es un animal impresionante, enorme, gordísimo y de unos 7 metros de longitud. Menos mal que lo tienen bien alimentado a base de pollos porque te metes en una habitación con ella y no puedes salir hasta que el animal se aparta de la puerta... y se toma su tiempo para moverse.

  
Entre otras cosas hemos visto varias estupas muy impresionantes, de estilos muy diversos y una de ellas era muy, muy parecida a la Shwedagon Paya, la gran pagoda de Yangón y su centro espiritual y cultural. Aunque la de hoy, es bastante más alta, le saca nada más y nada menos que 40 metros de altura. De esta ciudad, Bago, se dice que es como un parque temático budista y doy fe de ello. Hemos ido a visitar un monasterio, uno de los más importantes del país justo a la hora de comer. Allí, varios cientos de monjes comían en mesas redondas que se multiplicaban hasta el fondo de la sala, dándole un aspecto calidoscópico y muy simétrico al lugar. Comían en total silencio, semejante cantidad de personas y no hacían ruido ninguno, llamaba mucho la atención. Las dimensiones de los cacharros de cocina y de los fogones de leña eran tremendas y luego cuando han acabado, se han levantado y en silencio desfilaban a dejar sus platos y se perdían por el patio del monasterio hacia sus quehaceres.

 
Cecilia, diminuta junto al gran Buda de Bago
Y otro de los platos fuertes de la ciudad, era, como no, una figura de un buda tumbado. La diferencia es que esta enormidad media ni más ni menos que 76 metros largo por 15 de alto y está tumbado a cielo abierto y pintado de bellos colores. Era muy sorprendente ver una figura tan grande, me sentía como en el libro de los viajes de Gulliver, eramos enanitos a su lado...
Por la tarde recorrimos el mercado, con sus olores nauseabundos de pescado deshidratado, frutas fermentadas sobre el suelo de tierra, carnes llenas de moscas, pescados de río de aspecto extrañísimo, pero eso si, la inestimable sonrisa de sus vendedoras. El mejor patrimonio que tiene este país sin duda es la bellísima sonrisa de sus gentes.

  
Ambientillo callejero
Había un extraño ritual en el mercado. Cuatro personas movían el cuerpo de dos toros de tela que iban desfilando por las calles dando cornadas al cielo, mientras una banda musical de lo mas extraño les seguía aporreando timbales, cantando y tocando una guitarra eléctrica que atronaba por los altavoces caseros en forma de trompeta que usan en este país. Realmente son atronadores, cada vez que pasa un camión de los que acompañan a las numerosas comitivas de bodas que hay en este país, tienes que taparte los oídos, pues el volumen que desarrollan estas trompetas-amplificadores es realmente brutal.

Mañana vamos a ver el Monte Kyaiktiyo, la Roca Dorada. Una roca dorada por las láminas de oro que pegan los peregrinos sobre su superficie y que se balancea peligrosamente sobre el abismo, sujeta tan solo por unos cuantos pelos de Buda.... la visita promete
Dirigiendo al coro de Budas

lunes, 12 de noviembre de 2012

Objetivo Birmania 4 : El día en que el suelo tembló

¡¡Todos fuera!!! fue lo único que acerté a decir.
Estábamos desayunando. Alberto con su característica tranquilidad dijo ¿no sienten eso?
En ese preciso momento comencé a sentirlo, era un terremoto. Empezó poco a poco y en pocos segundos todo se estaba moviendo  y el suelo había dejado de ser sólido y se movía como si debajo tuviéramos agua, como si estuviéramos sobre una barca.
Fue cuando dije de salir y corrimos fuera del edificio donde desayunábamos y salimos al patio central del hotel, en teoría fuera del alcance de los posibles derrumbamientos.
El terremoto fue ganando intensidad y por unos momentos pensé que íbamos a vivir un gran terremoto. Daba bastante miedo, pero afortunadamente no fue así y en pocos se fue parando y lo que si que me daba miedo es que pudiera volver a empezar a sacudir otra vez.
Pero terminó. Se me pasaron muchas cosas por la cabeza durante los segundos que duraron los temblores. Pensé fugazmente que se habían acabado mis vacaciones y que todo se iba a derrumbar y que habría muertos. Pensé que si yo me salvaba me quedaría a ayudar en lo que pudiera, pensé en mi gente, mi amor y mis hermanos allá en mi país, en fin, es increíble como funciona la mente humana y lo relativo que es el tiempo, pues en cuestión de segundos tu cerebro se activa al limite y tus pensamientos se agolpan en segundos. Dicen que cuando vas a morir ves pasar rápidamente tu vida como si fueran diapositivas.. ayer pasó algo parecido. Menos mal que todo quedó en el susto. Aún no me he enterado de la magnitud que ha tenido en la escala Richter.

Estamos en Hsipaw, una pequeña ciudad en las montañas desde donde se pueden hacer excursiones o trekking a las aldeas Shan que se dispersan por las montañas.
Para llegar aquí desde Mandalay tuvimos que coger un autobús mugriento, que yo creo que no lo habían lavado desde el día que lo compraron. Los asientos eran estrechísimos y no cabías sentado normalmente, era imposible, porque el sitio de las piernas estaba ocupado con las mercancías que lleva este autobús de transporte de pasajeros pero que a su vez hace de transporte de mercancías. Esta vez la carga principal eran cajas de madera llenas de tomates sobre las que teníamos que andar para entrar y salir del autobús cuando paraba, o sea que yo creo que parte de la mercancía acabó convertida en salsa de tomate. Como bien dijeron Marisa y Yolanda, mi vecina de barrio que encontré en Mingun, ese viaje de autobús que ellas ya habían realizado anteriormente fue un viaje a los infiernos. Era el primer viaje en autobús que hacíamos por el país y nos fue a tocar el autobús más cutre que debe seguir circulando por Myanmar. El equipaje iba amontonado en la parte trasera del autobús porque en los maleteros laterales llevaban otras mercancías. Recuerdo que en una parada abrieron el portón de debajo de mis asientos y sacaron..... ¡¡ tres bombonas de butano !! jajajaja... así, sin cortarse un pelo.
Por suerte la tortura se pasó pronto y llegamos más o menos bien al no tener que compartir nuestro asiento con nadie más y poder estirarnos relativamente.

En Hsipaw fuimos al Lilly hotel, el que nos recomendaron Marisa y Yolanda.
Nos gustó mucho, lo han abierto hace apenas tres meses y está totalmente nuevecito y muy, muy limpio. Seguramente será el mejor hotel que disfrutemos en este viaje. Gracias chicas. El señor que lo dirige es médico y tiene un dispensario junto a la recepción del hotel. Lo llamamos mister doctor y es un hombre muy majete y simpático.
Después de haber pasado por Mandalay, con su contaminación, su intenso tráfico, sus ruidos... esto me parece el paraiso. Es una localidad muy tranquilita rodeada de campos.

Por la tarde nos vamos a dar una vueltecita por los alrededores para ver un poco el ambiente. Llegamos a  una escuela budista, donde los niños-monje con sus cabezas rapadas y sus túnicas color vino dan clase y recitan todos a la vez la lección. Afuera, en el patio otros niños-monje juegan y montan en bicicleta y otros niños que no son monjes juegan con escopetas de plástico. Son los matones del barrio y tienen hasta cara de malos.
Me hace mucha gracia verlos juntos porque están escenificando y tomando el papel de los que mandarán en el país en el futuro: curas y militares.

En las afueras de la ciudad se levantan muchas casas tribales, aquí la etnia predominante son los Shan.  El ambiente es muy agradable, la gente es estupenda. Siempre te dedican una bellísima y sincera sonrisa, todo un valioso regalo en los tiempos que corren por nuestro país.

Conocimos a Sebastian, un francés trotamundos que se unirá a nosotros en el trekking que haremos mañana a la aldea de Pankam. Yo he decidido que no me voy a quedar a dormir por la noche en la aldea y que me volveré. Alberto, Esther y Sebastian si que se quedarán a dormir y volverán al día siguiente por la tarde.
Me apetece un poco de relax y tomarme algún día con calma. Queda la mitad del viaje todavía y me viene muy bien este sitio para darme un respiro. No tener que salir corriendo todos los días a ver algo o a coger algún medio de transporte para llegar a otro sitio. Estos chicos se vuelven antes, yo me quedaré más tiempo y quiero guardar un poco de fuerzas para el tramo final del viaje. Me apetece mucho ver esa zona del sur, aunque como está fuera del circuito más turístico del país creo que voy a echar de menos hablar en español con alguien, y a lo mejor hasta hecho de menos hablar en inglés, quién sabe... Muchos no me creen cuando les digo que la vida del turista es muy dura. Tienes momentos buenísimos, pero también hay momentos no tan buenos.

Por la mañana y después del terremoto nos ponemos en marcha. Tenemos largas horas de camino. Con ayuda del Dr. y sus mapas caseros, con los nombres de los pueblos que tenemos que atravesar escritos en birmano nos sentimos suficientemente seguros para emprender el trekking sin ningún guía. Nos alegramos mucho de haberlo hecho así pues en el camino nos cruzamos con un grupo de 7 u 8 personas que iban con un guía y no pintaba nada bien. Iban muy deprisa y sin parar a hablar con la gente, el principal y más gratificante atractivo para  hacer esta excursión.
Nosotros, con nuestro pequeño grupo de 4 personas íbamos totalmente a nuestro aire disfrutando del momento. Enseguida notamos  la diferencia. La gente se asomaba a mirarnos, nos saludaban efusivamente, curiosean y a poco que les hagas caso y les devuelvas el saludo te regalan unas hermosísimas sonrisas. Cómo me gusta esto.

Aquí en estos pueblos está la esencia de Myanmar. La calidez, la ingenuidad , la dignidad y la amabilidad de estas gentes aisladas del resto del mundo por la dictadura militar durante más de 50 años. Se nota que ha habido muy poco turismo por aquí y que aún no se han quemado de ver turistas.
Entre los cultivos de arroz, de judías y de maiz, se levantan estos precarios pueblos con sus casas construidas enteramente de bambú. Los gruesos troncos de bambú forman vigas, escaleras y columnas. Con sus fibras entretejidas forman las paredes y los tejados suelen ser de cinz.
Apenas hay casas con electricidad pero algunas aprovechan la fuerza del pequeño río y montan norias con las que mueven un alternador y generan electricidad. Me encantan los orientales, son gente de lo más práctica e ingeniosa.
Han cosechado el maiz y con un aparato que acoplan a las norias aprovechan la fuerza del agua para desgranar las mazorcas y luego extienden el grano sobre lonas para que se seque bajo los rayos del sol.
Hoy es domingo y no hay colegio. Los niños juegan por los campos. Los vemos correr y saltar con la soltura y habilidad que sólo tienen los niños libres. Incluso los más pequeños. Me sorprende ver cómo una niña de menos de 2 años que apenas puede andar, sube y baja a rastras por una alta y empinada escalera de madera para subir a una pagoda. Esto es impensable en Europa. Su madre ya estaría corriendo histérica a "salvar" a su hijo y le privaría de esa autoconfianza e independencia que tan bien le vendrá cuando sea más mayor. Vale, es verdad que también le privará de llevarse algun chichón, pero creo que en Europa se sobreprotege a los niños y se crían bastante tontitos.

Es un placer andar por estos caminos llenos de grandes flores amarillas. Hay miles y miles de mariposas y las grandes de alas de pájaro nos alegran el camino con sus bellos colores y sus vuelos casi acrobáticos. Las gallinas acompañadas de un montón de pollitos corretean libres junto al río, picoteando y cazando saltamontes y también alguna que otra rana. Así están de ricos luego los huevos que ponen, no como esos que comemos de las granjas industrializadas.
Acompaño a los chicos durante casi cinco horas y en el último pueblo antes de que lleguen a su destino me doy media vuelta pues aún me quedan casi 4 horas de bajada. Les doy el relevo y los dejo en compañía de una señora de Oregón que hemos alcanzado en el camino y que viaja con sus dos guapísimas hijas gemelas de 10 años y que por lo que hablo con ellas me resultan encantadoras. Hablan muy bien el español porque tuvieron una niñera mexicana que les enseñó el idioma. Qué suerte, aprender 2 idiomas así sin esfuerzo cuando aprendes a hablar..
Empiezo el largo descenso. Me gustan mucho las vistas al fondo del valle, con sus montañas difuminadas por la neblina en la distancia. Vuelvo a atravesar los poblados que pasamos por la mañana y la gente con la que estuvimos por la mañana me saluda aún más amistosamente pues ya me conocen.
Cuando llego al tramo del río veo que hay mucha gente que se está bañando, pero no bañándose por placer para refrescarse, sino bañándose con jabón ya que en sus casas no hay agua corriente y para cocinar usan el agua de pozos. En el río se lavan ellos y sus ropas. También están bañando a sus búfalos de agua que enseguida se sabe por qué tienen ese nombre pues se les ve disfrutar enormemente dentro del agua.
La verdad es que aquí la vida va a otro ritmo, pausada, reposada, placentera... Me vienen imágenes de mi infancia, cuánto me hubiera gustado vivir en un sitio como este..

Hoy cuando me levanté me dijeron que había habido otro fuerte terremoto de madrugada, que se movieron las camas y la gente salió corriendo de las habitaciones, pero yo esta vez ni me enteré. Debía de estar profundamente dormido después de la larga y dura caminata del día anterior.
Me levanté sin prisas, sin madrugar. Me apetecía tener una mañana tranquila sin tener que salir corriendo a ninguna parte, dejarme llevar y disfrutar del lugar.
Me entero de que la magnitud del terremoto ha sido de 6,8 puntos en la escala Ritcher y que el epicentro ha sido en Shwebo, una ciudad a 150 kilómetros en linea recta de aquí. Ha habido 13 muertos y más de 40 heridos, y se ha derrumbado un puente sobre unas barcas que había debajo. El terremoto se ha sentido con fuerza en Mandalay donde ha habido escenas de pánico y la gente se ha echado a la calle y se han desplomado algunas cornisas de casas pero sin más consecuencias. Muy cerca de Mandalay está la falla de Sagaing, donde estuvimos el otro día y que ya os comenté que un fuerte terremoto había destrozado el zócalo de la gran pagoda de Mingún. Dicen que también se ha sentido con menor intensidad en Bangladesh y en Bangkok.
Esta noche me ha comentado Esther que anoche apenas pegaron ojo pues en Pankam, el pueblo donde se quedaron a dormir ha habido otros 3 terremotos y que por la noche tuvieron que salir corriendo de la casa donde dormían.

Yo por la mañana intento conectarme como sea a internet pues ayer no hubo manera. Así me doy cuenta de que en España ha debido salir en la tele y mis hermanos y Blanca están preocupados. Les escribo para decirles que estoy bien y me informo de lo que ha pasado.
Luego me vuelvo a sumergir en el mundo de los Shan, en sus campos de arroz y sus aldeas atemporales, lejos de las noticias y del bullicio de las ciudades. Me voy a ver unas cataratas que hay en esta zona. Son espectaculares, un salto que calculo será de unos 70 metros y que dibuja un velo sobre la pared por la que cae. En el camino me vuelvo a encontrar con gente adorable que trabaja el campo. Los campesinos cortan con sus hoces las espigas del arroz. Filas de campesinos avanzan a la par cortando las gavillas que ponen a secar al sol, luego llegará el momento de trillarlas. Otros pelan las mazorcas del maiz, otros pasean a sus búfalos de agua. La vida vuelve a tener otro ritmo.
Pero no todo es belleza aquí. La vida parece bastante dura, esta gente es muy fuerte. De regreso de mi excursión a las cascadas paso por un vertedero de donde salen grandes columnas de humo de la basura ardiendo. Hay gente rebuscando en las basuras, la vida no parece tan fácil para ellos, pero aún así te dedican unas hermosas sonrisas cuando te acercas a interesarte por lo que hacen.
Luego atravieso un cementerio. Está dividido en partes, hay parte budista, china, cristiana, musulmana e hinduista. Las distintas religiones que hay en el país tienen sus respectivas partes del cementerio.
Precisamente hoy están quemando a dos hinduistas. Son dos grandes hogueras, con mucha más madera de la que utilizan en Benarés, en la India. O sea que me acerco a ver pero aquí no quedará ningún resto, sólo cenizas. Puedo ver los huesos y el cráneo convirtiéndose en ceniza... En Benarés, como no tienen para comprar toda la madera necesaria para quemar completamente a sus muertos, los dejaban a medio quemar antes de tirarlos al Ganges. Allí veías todas las fases de la cremación, desde cómo empieza a chorrear y a gotear la grasa de los cuerpos cuando empezaban a quemarlos, cómo se reventaban con el calor y se cocían los intestinos y cómo al final cuando ya no había más madera que quemar, sacaban los restos, que solían ser el cráneo y parte de la columna, ennegrecidos, y los tiraban al río. Aquí es diferente, no quedará ningún resto por lo que puedo apreciar.
Lo que más me sorprende es que un grupo de niños que acaba de salir de la escuela corretea y juega a pocos metros de las piras funerarias sin darle mayor importancia. Juegan con arcos y flechas de bambú y me uno a sus juegos y nos lo pasamos muy bien mientras a nuestro lado los cuerpos de los dos hinduistas se consumen poco a poco.
Esta gente tiene muy asumida la vida y la muerte, no parece que para ellos morir suponga la gran tragedia que es para nosotros. No aparentemente. Y la vida y la muerte se entremezclan como parte de lo cotidiano, parte de una sinfonía que se representa cada día y de la que nadie consigue evadirse. Hoy unos cuantos murieron por culpa de un terremoto, pero muchos más murieron por otras muchas causas menos llamativas. Disfrutemos lo que tenemos, porque algun día seremos nosotros los que estaremos en el otro lado.